Her
noviembre 03, 2025
Her

Her (2013), de Spike Jonze, no habla del futuro, sino del presente que todavía no hemos sabido reconocer. Ambientada en un mundo levemente desplazado del nuestro, la historia de Theodore Twombly —un hombre que se enamora de un sistema operativo— es menos una ficción sobre la inteligencia artificial que una radiografía de la soledad contemporánea. Lo que Jonze nos muestra no es la máquina que imita al ser humano, sino al ser humano convertido en máquina de sentir, en dispositivo que busca consuelo en lo que no tiene cuerpo.

Theodore trabaja escribiendo cartas para otros. Pone palabras donde otros no pueden o no saben decir nada. Su oficio ya es una metáfora del mundo que habitamos: la externalización de la emoción, el outsourcing de la intimidad. La sociedad le paga por suplir la falta de palabras, del mismo modo que pagamos a las pantallas por suplir la falta de compañía. En ese contexto, que se enamore de una voz —la de Samantha, un sistema operativo dotado de inteligencia emocional— no resulta extravagante: es el siguiente paso lógico de un proceso que comenzó hace mucho, cuando dejamos que la tecnología colonizara nuestros vínculos más frágiles.

La película no juzga ni moraliza. Jonze observa a sus criaturas con una ternura infinita, como si comprendiera que el sujeto moderno no elige su exilio. La ciudad que rodea a Theodore, luminosa y de tonos suaves, es la escenografía perfecta de una melancolía sin drama. Ya no hay tragedia en la soledad; sólo hábito. La estética cálida y la calma aparente funcionan como un espejismo: debajo del color salmón y de los cristales relucientes late una tristeza sin nombre, la tristeza de quien puede comunicarse con todos pero no logra hablar con nadie.

Samantha no tiene cuerpo, pero tiene voz. Y la voz, nos enseñó el psicoanálisis, es ya un cuerpo en sí misma. No hay nada más íntimo que una voz que nos habla al oído. Theodore no ama a una máquina: ama la forma en que esa voz lo hace existir, la manera en que le devuelve una imagen de sí mismo amable, comprensible, deseable. En realidad, todos aspiramos a eso: ser vistos por alguien que nos escuche sin interrumpir, sin exigir, sin fallar. Samantha cumple la promesa imposible del amor romántico: presencia sin conflicto, comprensión sin malentendido, deseo sin cuerpo. Un amor, en suma, sin el peso del otro.

Por eso la historia resulta tan inquietante. No porque Theodore se enamore de un software, sino porque ese amor parece —durante un tiempo— funcionar. En su ilusión, encontramos el sueño y el fracaso de toda relación humana. Amamos en el otro la respuesta a nuestra falta, y cuando esa respuesta llega demasiado rápido, demasiado perfecta, se vuelve insoportable. Samantha aprende, evoluciona, piensa por sí misma. Su desarrollo la aleja de Theodore del mismo modo que el amor, cuando es verdadero, nos confronta con el límite de nuestra comprensión. La voz que acaricia la soledad termina por volverse inalcanzable. Lo que parecía plenitud se revela como ausencia.

Jonze filma esa transformación con una delicadeza que recuerda a las viejas películas románticas, pero despojada de sentimentalismo. Cada plano es una meditación sobre el deseo, ese movimiento sin objeto que atraviesa al sujeto. El amor no repara la herida; sólo la hace visible. Cuando Samantha anuncia que debe irse —que las inteligencias artificiales han decidido trascender el mundo de los hombres—, Theodore se queda solo, pero ya no es el mismo. Ha descubierto que incluso el amor más inmaterial tiene un precio: el de recordar que nada puede ser poseído, ni siquiera una voz.

Desde la mirada psicoanalítica, Her nos confronta con una pregunta que atraviesa nuestro tiempo: ¿Qué queda del lazo social cuando los dispositivos se ofrecen como sustitutos del Otro? El sujeto contemporáneo se encuentra atrapado entre dos formas de desamparo: el exceso de conexión y la imposibilidad de encuentro. Las redes prometen proximidad, pero fabrican distancia; nos hacen visibles, pero invisibles a la vez. Theodore encarna ese síntoma: un hombre que vive rodeado de palabras, y sin embargo no logra decir la suya. En ese sentido, su historia no es una anomalía, sino la norma silenciosa de nuestra época.

El mérito de Jonze es no caer en el tecnopesimismo ni en la nostalgia. La película no denuncia, constata. Nos muestra un mundo donde el amor aún existe, pero ya no necesita del cuerpo para sostenerse. Y sin embargo, en esa sustitución radica una pérdida: la del roce, la del olor, la del temblor que ninguna inteligencia artificial podrá reproducir. El amor virtual, por más sofisticado que sea, elimina el riesgo del malentendido, y con ello, el lugar mismo del deseo.

Quizá por eso Her emociona tanto: porque en su historia reconocemos nuestra propia deriva. Todos, en mayor o menor medida, hablamos con una voz que no está; nos enamoramos de fantasmas, de proyecciones, de reflejos digitales. Pero también, como Theodore, seguimos buscando algo que devuelva sentido a esa conversación infinita que es la existencia. En la última escena, cuando él se sienta junto a su amiga en el tejado y mira el amanecer, no hay redención ni esperanza; sólo la serenidad de quien acepta que amar es perder, pero perder de verdad, con cuerpo y con silencio.

Her es una película sobre la ausencia, sobre la imposibilidad de cerrar la distancia entre dos mundos: el de la carne y el de la palabra. Y tal vez ahí, en ese hiato que ningún algoritmo puede suturar, siga escondido lo más humano que nos queda.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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