Mercados reproductivos: crisis, deseo y desigualdad
noviembre 04, 2025
Mercados reproductivos: crisis, deseo y desigualdad

En una época en la que la vida se concibe como un proyecto personalizable —como si fuera un producto a medida—, la reproducción no podía quedarse al margen. El hijo, antaño fruto del azar o del misterio, se ha convertido en el resultado de una cadena de decisiones, tecnologías, contratos y transacciones. En Mercados reproductivos (Katakrak, 2021), Sara Lafuente Funes nos propone un ejercicio de desvío: apartar la mirada del milagro técnico para atender al precio humano, económico y simbólico de ese logro.

España, junto con Estados Unidos, se ha convertido en una potencia mundial de la reproducción asistida, no tanto por su capacidad científica como por una legislación complaciente que disfraza la comercialización de óvulos bajo el eufemismo de “donación”. Detrás de esa palabra amable se esconde un mercado global que transforma la capacidad biológica femenina en un bien transable. Las clínicas de fertilidad prosperan a partir del retraso en la maternidad y la paternidad, sostenidas sobre dos figuras de mujer: la que paga y la que pone el cuerpo. Pacientes y donantes, clientas y proveedoras, separadas por la edad y el capital, unidas por el mismo mandato simbólico que sigue situando la maternidad biológica —aunque no genética— como horizonte de plenitud y reconocimiento.

Lafuente Funes condensa en este ensayo buena parte de su investigación doctoral —Bioeconomías reproductivas. Los óvulos en la biología posfecundación in vitro—, pero lo que aquí despliega va más allá de la sociología: se trata de una crítica ética y política del capitalismo reproductivo. En el prólogo, Amaia Pérez Orozco subraya la apuesta de la autora por una genealogía feminista que no se contenta con denunciar, sino que piensa en común, que abre la posibilidad de una palabra colectiva. “No ha redactado un manifiesto por otra reproducción posible —dice—, pero ha hecho un aporte fundamental para escribirlo juntas”.

El libro no se detiene en los datos ni en las estadísticas. Su mirada se adentra en la colonización neoliberal de la vida íntima, ese espacio donde el mercado ha logrado convertir el deseo en cálculo y el cuerpo en recurso. Lafuente traza un mapa que enlaza Europa y América Latina, las clínicas privadas y los bancos de gametos, las agencias de gestación y los corredores financieros que las sostienen. Y en ese recorrido se dibuja una constatación inquietante: no solo se comercia con material genético, sino con imaginarios, promesas y deseos. La autora parece preguntarse, una y otra vez: ¿qué estamos reproduciendo cuando reproducimos?

Lo que se llama “reproducción asistida” es, como recuerda Lafuente, un nombre equívoco. En realidad, solo asiste a la fecundación, es decir, a la mínima parte del proceso. Es una visión androcéntrica que magnifica el papel del esperma y minimiza el trabajo corporal y emocional —abrumadoramente femenino— que sostiene la gestación. La medicalización de la reproducción funciona así como un espejo deformante: el cuerpo femenino se convierte en objeto de optimización, responsabilidad y culpa. Si el procedimiento falla, la culpa recae sobre la mujer, nunca sobre la tecnología ni sobre el discurso que la impulsa.

En esa lógica, el capitalismo biotecnológico fabrica una moral. Sus consignas son previsión, rendimiento y control. Prever, invertir, anticipar, asegurar. Una gramática financiera que se disfraza de empoderamiento, prometiendo libertad donde en realidad hay obligación. El mandato de “invertir en la fertilidad” mediante la congelación de óvulos es el ejemplo más claro: la autonomía se convierte en autoexplotación, y la promesa de futuro en deuda simbólica. No sorprende que en este mercado confluyan clínicas privadas, aseguradoras y empresas que ofrecen la preservación de óvulos como “beneficio laboral”, mientras el Estado se retira de la reproducción como bien común.

Lafuente denomina a este proceso una crisis reproductiva, pero aclara que no se trata de un problema de natalidad. Lo que está en juego no es que nazcan más bebés, sino que existan condiciones materiales y simbólicas que hagan sostenible la vida. El verdadero conflicto no es biológico, sino político: la posibilidad de cuidar, criar y vivir sin depender del mercado. Por eso distingue entre malestares reproductivos —el deseo frustrado, la imposibilidad, la culpa— y injusticias reproductivas, que aparecen cuando la solución a esos malestares implica explotar a otras mujeres o reforzar desigualdades.

Aquí se abren los dilemas éticos de la ovodonación y la gestación subrogada, que bajo el barniz de la libertad de elección reproducen viejas formas de servidumbre corporal. Con lucidez, la autora propone trasladar el debate sobre la gestación subrogada desde la prostitución hacia el trabajo doméstico, donde se perciben con más claridad las cadenas globales del cuidado y la implicación corporal que exige ese trabajo. El feminismo —sostiene— necesita pensarse más allá de la dicotomía entre prohibir o liberalizar, buscando un terreno común desde el cual interrogar el mercado mismo como fuente de malestar.

España ocupa un lugar singular en este tablero: norte global y sur de Europa, exportadora de biotecnología y a la vez destino del turismo reproductivo del norte. Las empresas españolas amplían sus bancos de gametos hacia América Latina y África, mientras reciben a miles de mujeres extranjeras que buscan tratamientos más baratos y menos regulados. Lafuente utiliza el término biocolonialismo para describir esta continuidad entre el extractivismo de los recursos naturales y el de los cuerpos femeninos. La comparación no es retórica: el cuerpo se convierte en territorio, y la fertilidad, en materia prima. En contraste, la India ha decidido restringir la gestación subrogada para extranjeras precisamente por sus efectos neocoloniales.

Uno de los pasajes más sugerentes del libro señala la ausencia masculina en todo el relato sobre la fertilidad. Las clínicas se dirigen casi exclusivamente a mujeres, los problemas de fertilidad masculina se minimizan, y el vínculo genético sigue siendo el último bastión de una identidad patriarcal. Lafuente sugiere que repensar la paternidad más allá de la genética podría liberar tanto sufrimiento: si la filiación se entendiera como una función de cuidado y no como propiedad biológica, tal vez se aliviaría la carga sobre las mujeres y disminuiría la dependencia de los mercados.

Desde esa perspectiva, la autora propone un modelo desmercantilizado y relacional de la transferencia reproductiva, y plantea medidas concretas: un banco público de óvulos y embriones gestionado por la Organización Nacional de Trasplantes. La idea no es utópica, sino política: recuperar el control público sobre una biología que el capital financiero y las corporaciones biomédicas han convertido en botín. En este punto, Lafuente recuerda que la ciencia no es neutral: también tiene ideología, lenguaje, metáforas y silencios que reproducen jerarquías.

El ensayo avanza con una lucidez sin dogmatismo, un tono que recuerda a las mejores páginas de la tradición crítica francesa. Lafuente no escribe desde el resentimiento ni desde el purismo moral, sino desde una ética de la comprensión. Su lectura de la técnica no es la de quien demoniza el progreso, sino la de quien advierte cómo el deseo humano, cuando se alía con el mercado, corre el riesgo de volverse contra sí mismo.

Al final del libro, la autora plantea una pregunta que resuena más allá de la reproducción: ¿cómo resistir la mercantilización de la vida sin caer en nostalgias esencialistas? Su respuesta no es programática, sino existencial. Invita a reimaginar la familia, el parentesco y la crianza como espacios de vínculo y placer, no de sacrificio ni mandato. Reivindica las redes de amistad, los proyectos comunitarios, las formas de cuidado intergeneracional que se oponen a la atomización neoliberal. No se trata solo de redistribuir tareas, sino de redefinir el sentido mismo de lo reproductivo: producir vida no como mercancía, sino como don compartido.

Mercados reproductivos se sitúa así entre el análisis sociológico, la crítica feminista y la reflexión filosófica sobre el deseo. Pero lo que hace de este libro algo excepcional es su capacidad para pensar el deseo como hecho político. En un tiempo en que la subjetividad se modela a través del algoritmo y la promesa de eficiencia, Lafuente nos recuerda que no todo lo posible es deseable, y que el derecho a la vida no equivale al deber de producirla.

En definitiva, este ensayo devuelve espesor simbólico a un acto que la técnica ha vaciado de misterio. La vida no se fabrica: se recibe, se cuida y se comparte. Pensar la reproducción hoy es pensar qué mundo queremos seguir reproduciendo mañana.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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