Simón
diciembre 05, 2025
Simón

“Simón” no es simplemente una película. Es un grito hecho carne, una herida colectiva encarnada en un cuerpo —el de un joven, pero también el de una nación desangrada—, que busca ser narrada, reconocida y, acaso, redimida. Desde su estructura bifronte —una Venezuela de represión, tortura y exilio; un Miami de asilo, culpa y desplazamiento— la cinta rehúye la complacencia del testimonio liviano. Prefiere el vértigo del asombro y el dolor sostenido, construyendo a su protagonista no como un «héroe» mitificado, sino como un sobreviviente de la desesperanza, un joven que lleva en su carne la deuda histórica de haber escapado mientras otros —sus compañeros, sus amigos, su pueblo— se quedaban. Esa decisión —la de huir, la de vivir— se revela en la pantalla como una condena moral, una carga inconclusa, un duelo perpetuo.

La violencia del régimen represor en Caracas, las detenciones arbitrarias, las torturas, el exilio forzado, el miedo cotidiano: Vicentini no opta por un melodrama complaciente ni por la espectacularidad del horror. Su cámara se posa en la intimidad de lo quebrado —rostros desafiados por el miedo, cuerpos agotados, heridas que no sanan—. Y desde allí nace una memoria viva, vibrante, urgente. Su película se convierte en un archivo emocional, un testimonio de lo que fue, de lo que muchos quisieran olvidar, pero que necesita ser visto, oído, reconocido. Tal como lo plantea Vicentini, “el cine se ha convertido en mi manera de poder unirme a esa lucha, de contribuir algo”.

Más allá de la individualidad: la voz de un pueblo disperso

El “Simón” de Vicentini no es el relato de un solo joven, sino la convergencia de múltiples “Simones”: detenidos, torturados, asesinados, exiliados. El protagonista —con su nombre simbólico, herencia directa del libertador histórico que simboliza la libertad— condensa en sí la culpa del ausente y el dolor del pueblo. En sus propias palabras, Vicentini entrevistó a varios “Simones reales” que vivieron lo mismo: persecución, cárcel, tortura, éxodo. Esa polifonía de testimonios reales resulta un acto político: la película aspira a levantar no sólo una historia personal, sino una memoria colectiva, un grito coral que atraviesa generaciones, geografías y exilios.

Es significativo que el guion de “Simón” haya sido admitido en la biblioteca permanente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos (los Óscar), un gesto simbólico: es un reconocimiento del dolor venezolano como parte de una historia universal, alguien la hace legible más allá de fronteras. elimpulso.com

Pero al mismo tiempo ese gesto interroga al mundo —y también a Estados Unidos como potencia hegemónica—: ¿quién escucha ese grito? ¿quién acoge a esos exiliados, huérfanos de patria y dignidad? “Simón” es un espejo donde la esperanza y la culpa, la memoria y el olvido, piden ser vistos.

Entre el estilo cinematográfico y la urgencia ética

Desde una óptica estética, “Simón” combina crudeza y elegía, historia y poesía, documental y drama. Esa ambivalencia formal —la mezcla de realismo brutal con sensibilidad emocional— le permite evocar lo que el horror sistemático suele velar: el desgaste del alma, la desconfianza, el duelo interno, la fragmentación de identidades. Pero también la persistencia de la esperanza, el deseo de redención, la necesidad de testimonio.

Y aunque algunos críticos han señalado que el filme corre el riesgo de “simplificar” —emplazando al carácter ideológico del régimen en una dialéctica maniquea de “buenos” idealistas versus “malos” militares — esa crítica puede perder de vista el sentido existencial y simbólico del filme: no se persigue un análisis histórico ni político exhaustivo, sino una condensación emocional, un puñal de verdad que atraviese el alma del espectador.

Para un espectador contemporáneo, especialmente en Europa o en Estados Unidos, “Simón” desborda sus coordenadas locales: se convierte en una llamada a la conciencia universal. Es una denuncia que, bajo el disfraz de la narración personal, revela los mecanismos de opresión, de migración forzada, de exilio, de culpa colectiva.

En el contexto actual: Venezuela, memoria y urgencia

En este presente crispado, donde Venezuela transita ya más de una década de asfixia política, deterioro social y diáspora interminable, la herida colectiva no deja de supurar. La crisis humanitaria —que parecía haber alcanzado un máximo hace años— continúa extendiéndose como una sombra tozuda: escasez, violaciones de derechos humanos, represión, encarcelamientos arbitrarios y un éxodo que ya forma parte del paisaje emocional latinoamericano. Millones de venezolanos han salido del país con lo mínimo —una fotografía, una promesa, un pedazo de infancia— como si cada uno cargara con un pequeño país portátil a punto de desgarrarse. En este escenario, “Simón” no es sólo una película: es un recordatorio de que el exilio nunca es una elección, sino la marca indeleble de un desarraigo forzado.

La relación actual entre Estados Unidos y Venezuela —marcada por sanciones renovadas, amenazas de operaciones militares en el Caribe, discursos inflamados y un juego geopolítico que oscila entre la presión y la incertidumbre— coloca a los venezolanos desplazados en una encrucijada todavía más dolorosa. En el país que muchos consideran un refugio, las políticas migratorias se vuelven erráticas, restrictivas; la acogida está atravesada por sospechas de seguridad, vetos, devoluciones, burocracias interminables. Para no pocos exiliados, la travesía no termina al cruzar una frontera: continúa en forma de otra violencia más sutil y devastadora —la invisibilidad, la precariedad legal, la sensación de vivir suspendidos en un limbo donde nadie termina de asumirlos como parte de su historia.

“Simón”, desde su intimidad hecha ruina, devuelve rostro y nombre a esa multitud sin voz. Frente a un contexto internacional que oscila entre la indiferencia, el cálculo y el oportunismo, la película de Vicentini reclama que no basta con discursos, sanciones o declaraciones solemnes: hace falta un gesto humano, una escucha real, la voluntad de reconocer que detrás de cada expediente migratorio hay una vida fracturada. No se trata sólo de abrir fronteras, sino de abrir memoria: permitir que esos relatos se inscriban en la conciencia colectiva, y que su dolor no quede archivado como un daño colateral del tablero geopolítico.

Europa, desde donde miramos esta historia, no queda indemne. Nuestro continente vive su propia tensión con la migración: miedos, prejuicios, discursos simplificadores, normalización del sufrimiento ajeno. “Simón” nos confronta de lleno con esa responsabilidad: nos recuerda que la tragedia venezolana no es un asunto lejano, sino una interpelación directa a nuestra ética contemporánea. Nos exige dejar de ser espectadores anestesiados y asumir el papel incómodo —pero imprescindible— de testigos. Testigos de un pueblo disperso, de una herida que atraviesa fronteras, de un dolor que no puede seguir siendo administrado como simple estadística.

En ese sentido, la película opera como un espejo moral: no refleja sólo la violencia del régimen venezolano, sino también los silencios —políticos, mediáticos, sociales— que permiten que esa violencia perdure. Y al hacerlo, plantea la pregunta esencial que Europa y Estados Unidos deberían hacerse hoy: ¿Qué responsabilidad tenemos ante quienes huyen de un país donde la vida se ha vuelto insoportable?

“Simón” no ofrece respuesta, pero sí la exigencia de formularla. Y esa exigencia, en este contexto histórico, es ya un acto político.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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