El llamado «instinto materno»
abril 17, 2026
El llamado «instinto materno»

Entre el mito cultural, la reducción biologicista y la verdad subjetiva

En el mundo animal existen madres que rechazan a sus crías. La hembra de oveja que no olfatea a su cordero en los primeros minutos tras el parto interrumpe el vínculo de forma casi irreversible. La osa polar en cautiverio que aparta a sus cachorros sin aparente razón. La cerda que, ante una camada que supera su capacidad de amamantamiento, prescinde activamente de los más débiles. La chimpancé criada en aislamiento que, sin haber observado a otras madres, no sabe qué hacer con la cría que acaba de traer al mundo.

Estos hechos, documentados y replicables, resultan incómodos para una creencia muy extendida: que en los seres vivos —y especialmente en los mamíferos— existiría un programa natural, robusto y universal orientado hacia el cuidado de la descendencia. Un instinto. Algo inscrito en la biología con la misma fiabilidad con que el corazón late o los pulmones se expanden.

La incomodidad que producen esos ejemplos es reveladora. Porque si en el mundo animal —donde sí tendría pleno sentido hablar de conductas instintivas en sentido clásico— el vínculo materno puede fallar, interrumpirse o no activarse bajo ciertas condiciones, algo nos dice ya que la idea de un «instinto materno» universal e infalible es, cuando menos, una simplificación. Y cuando esa misma idea se traslada al ser humano, la simplificación se convierte en ficción.

Pocas ideas conservan hoy tanta fuerza simbólica y tan escaso rigor conceptual como la del llamado instinto materno. Se invoca en conversaciones cotidianas, discursos mediáticos, literatura divulgativa e incluso en ciertos registros pseudocientíficos para sostener una tesis aparentemente evidente: toda mujer llevaría inscrita en su naturaleza una tendencia espontánea, universal y suficiente hacia la maternidad, el cuidado y el amor incondicional hacia los hijos.

La potencia de esa creencia no reside en su solidez científica, sino en su utilidad cultural. Sirve para ordenar expectativas, distribuir roles, moralizar conductas y culpabilizar desviaciones respecto de un ideal. Sin embargo, cuando se examina con rigor —desde la biología, la psicología del desarrollo, la antropología o el psicoanálisis— esa noción se revela profundamente insuficiente.

No se trata de negar la dimensión corporal, hormonal o evolutiva implicada en la reproducción y el vínculo temprano. Se trata de cuestionar el salto ilegítimo que va de reconocer condicionamientos biológicos a afirmar la existencia de un programa psíquico universal llamado «instinto materno».

En sentido clásico, el término instinto se utilizó para describir patrones de conducta relativamente fijos, heredados, automáticos y estereotipados, observables en numerosas especies. Conductas como las migraciones, los rituales de apareamiento o ciertas respuestas de protección territorial fueron pensadas en ese marco. Pero incluso en ese contexto —el animal, donde el concepto tiene más legitimidad— la evidencia muestra que esos patrones pueden no activarse, interrumpirse o expresarse de formas muy distintas según las condiciones del entorno, la historia de cada individuo y el momento del ciclo vital.

Lo que muestran los ejemplos etológicos citados al principio no es una anomalía, sino precisamente la naturaleza condicional y variable de lo que demasiado ligeramente se llama «instinto». El olfato de la oveja necesita el contacto inmediato. La osa polar necesita condiciones de tranquilidad y espacio. La chimpancé necesita haber aprendido, de otras hembras, qué significa ser madre. El instinto, incluso en el animal, no es un programa cerrado e infalible; es una predisposición que requiere condiciones, que puede activarse o no, y que admite variaciones individuales significativas.

Si esto vale para el mundo animal, ¡qué decir del ser humano!

Aplicar el concepto de instinto sin matices al comportamiento humano siempre ha sido problemático. La conducta humana está atravesada por el lenguaje, la historia singular, la cultura, la capacidad de simbolización, la ambivalencia afectiva y la posibilidad de transformar —o incluso contrariar— tendencias biológicas. El ser humano no está gobernado por programas cerrados. Come cuando no tiene hambre y ayuna cuando la tiene. Se expone al peligro por razones simbólicas. Cuida a quien no es su descendiente biológico. Renuncia a tener hijos. O los tiene sin haberlos deseado.

Afirmar que existe un «instinto materno» en sentido fuerte implicaría sostener que toda mujer, por el hecho de serlo, tiende naturalmente a desear hijos, a quererlos al instante de nacer, a saber cuidarlos de forma espontánea, a encontrar en la crianza su satisfacción más plena, a priorizarlos siempre y a amar a todos por igual. Nada de esto resiste una mínima contrastación empírica o clínica.

Pero, conviene ser precisos. Negar el mito no exige negar la biología.

Existen procesos neuroendocrinos relevantes durante el embarazo, el parto, el puerperio y la lactancia. Hormonas como la oxitocina, la prolactina, los estrógenos o la progesterona participan en dinámicas corporales relacionadas con el vínculo, la sensibilidad al bebé y la regulación emocional. Existen también predisposiciones evolutivas generales al cuidado de la descendencia. Todo ello es real y no debe minusvalorarse.

Pero estos factores no producen automáticamente amor, deseo de maternidad ni competencia parental. Lo que producen son condiciones, no resultados garantizados. La expresión concreta de todo ese sustrato biológico depende de múltiples variables: la historia afectiva previa, la salud mental, las condiciones materiales, el apoyo o la soledad, el estrés acumulado, el deseo o no deseo del embarazo, las significaciones culturales de la maternidad en un entorno dado y, de modo irreductible, la singularidad de cada sujeto.

Hay condiciones que influyen. No hay un destino psíquico asegurado.

La experiencia cotidiana ofrece abundantes contraejemplos que ninguna teoría honesta puede ignorar: mujeres que no desean ser madres, mujeres que lo desean con intensidad, mujeres profundamente ambivalentes, madres que aman y se sienten agotadas, madres que tardan en vincularse con el recién nacido, mujeres que atraviesan una depresión posparto, mujeres que se arrepienten de haber sido madres, mujeres que adoran a sus hijos y, no obstante, necesitan distancia frecuente, madres que quieren de modo distinto a cada hijo.

Si una teoría necesita considerar anómalas a millones de experiencias ordinarias, probablemente no sea una buena teoría.

La persistencia del «instinto materno» responde menos a la ciencia que a una operación ideológica clásica: naturalizar funciones sociales para que dejen de parecer impuestas.

Durante siglos, identificar mujer con madre permitió organizar la división sexual del trabajo: cuidados no remunerados, centralidad doméstica, disponibilidad afectiva constante y subordinación del deseo femenino a la familia. El argumento era eficaz: si algo es «natural», se vuelve incuestionable.

Aún hoy, muchas mujeres padecen no tanto por la maternidad real como por la distancia entre esa realidad y el ideal normativo. Cuando sienten cansancio, irritación, deseo de tiempo propio o falta de entusiasmo permanente, concluyen que algo falla en ellas como madres —en lugar de interrogar la ficción que las juzga.

Y si antes el mandato era «debes ser madre», hoy a menudo se añade uno más sofisticado y cruel: «debes desearlo intensamente, disfrutarlo siempre y hacerlo impecablemente». Aparece así una figura exigente especialmente paradójica: maternidad intensiva, crianza perfecta y totalmente respetuosa, presencia emocional constante, productividad laboral intacta, cuerpo recuperado rápidamente, pareja cuidada, gratitud permanente. Un ideal imposible que produce agotamiento, ansiedad e insuficiencia crónica.

El psicoanálisis introduce aquí una perspectiva decisiva, que es que en el ser humano no existe relación directa y armoniosa entre biología y deseo. Entre el cuerpo y la conducta interviene el lenguaje; entre la necesidad y la satisfacción, el deseo; entre la función y el sujeto, la falta. La maternidad no puede reducirse a un instinto porque el sujeto humano no está gobernado por programas cerrados.

Desde esta perspectiva, no existe la madre como esencia homogénea. Existen posiciones maternas diversas, atravesadas por el deseo, la historia, el síntoma y la contingencia. Una mujer puede gestar un hijo sin que ello determine automáticamente una posición subjetiva de maternidad. Del mismo modo, alguien puede ejercer funciones maternas sin haber parido. Lo que importa no es el dato biológico en sí, sino cómo ese niño queda inscrito en el deseo, qué lugar ocupa, qué palabras lo reciben.

Y algo fundamental: amor y hostilidad coexisten en los vínculos intensos. Una madre puede amar y odiar momentáneamente, cuidar y desear distancia, entregarse y sentirse invadida. Negar esa ambivalencia no la elimina; solo la vuelve culpable y sintomática.

Volvamos un momento a las madres animales del principio. La oveja que no olfatea a su cría, el gran simio que no sabe cómo sostener a su hijo. En ellas no hay culpa, ni ideal que incumplen, ni narrativa sobre lo que deberían sentir. Solo la ausencia de ciertas condiciones que hacen posible —o imposible— el vínculo.

En la mujer humana la situación es incomparablemente más compleja, porque interviene todo lo que nos hace humanos: el lenguaje, la historia, el deseo, el conflicto, la cultura y la subjetividad singular. Pero esa complejidad no hace la maternidad más defectuosa que la de la oveja. La hace distinta. Y precisamente esa diferencia es la que exige abandonar el concepto de instinto y hablar, con más honestidad y propiedad, de:

  • potencialidades de cuidado variables,
  • de deseo singular hacia la maternidad o hacia su renuncia,
  • de aprendizaje relacional,
  • de ambivalencia constitutiva,
  • de funciones parentales construidas.

El llamado «instinto materno» designa, en definitiva, menos un hecho científico que una ficción cultural con efectos psíquicos muy concretos:

  1. Allí donde promete naturalidad, impone norma;
  2. donde promete evidencia, introduce culpa;
  3. donde promete esencia, borra la singularidad.

Ni toda mujer desea ser madre, ni toda madre goza de serlo siempre, ni amar implica sacrificio ilimitado, ni el cansancio invalida el vínculo. La maternidad humana no es instinto; es experiencia subjetiva compleja, hecha de deseo y conflicto, de invención y responsabilidad, de amor y ambivalencia. Como toda experiencia verdaderamente humana.

Cuando esa experiencia se vuelve difícil de sostener —cuando el peso del ideal aplasta lo que la realidad ofrece, o cuando la ambivalencia genera sufrimiento y culpa— el acompañamiento psicoterapéutico puede ser un espacio valioso para recuperar la propia voz y encontrar una posición más habitable.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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