El colgajo
octubre 14, 2025
El colgajo

El libro empieza cuando ya ha ocurrido lo inimaginable, y ese “ya” se alarga en cada página: no estamos frente a un héroe, sino frente a alguien al que le han arrebatado un fragmento esencial de sí, y que debe recomponerlo sin modelo claro. Philippe Lançon no elige sobrevivir: lo obliga el cuerpo mismo, lo obliga la conciencia rota, lo obliga la escritura. El colgajo es su reconstrucción, no sólo facial sino moral, identitaria, literaria.

El atentado contra Charlie Hebdo (7 de enero de 2015) marca el evento traumático central, pero el libro transcurre mayormente después: cirugía tras cirugía, largos meses de hospital, rehabilitación física y psíquica. Su mandíbula destrozada, injertos tomados del peroné, 18 intervenciones quirúrgicas, el dolor constante, la imposibilidad de pronunciar, de reír, de comer normalmente. Esa destrucción física es también una destrucción del lenguaje, una fractura con la propia identidad.

Pero El colgajo no busca conmover por lo terrible: lo que conmueve es la honestidad, el nivel de detalle minucioso, el acto de prestar oídos al mutismo en la lengua familiar del sufrimiento. El autor reconstruye la vida después del horror: los días del hospital, las máquinas y su ruido, los largos silencios, la presencia inseparable del dolor, el temor persistente de que la reconstrucción sea sólo un fantasma. Y también, su entorno: la cirujana a quien llega a admirar, los amigos que sobreviven, los ausentes, los compañeros muertos, la mirada de los extraños al verlo, la fuerza del humor tenue, la música, los libros que acompañan la espera (Kafka, Proust, Mann, etc.)

Trauma y sujeto fragmentado

Algo de lo psicoanalítico aparece de inmediato si pensamos que el yo se construye alrededor de las pérdidas, de los vacíos, de aquello que no está. Lançon describe cómo la cara mutilada no es sólo herida corporal: es borde de lo visible, umbral del horror, espacio de vulnerabilidad extrema. Hay una división entre el yo “antes” y el yo “después”, pero ese “después” nunca logra borrar del todo lo que fue. En ese intervalo, surge algo complejo: el sobreviviente que se reconoce extraño para sí mismo, que siente que el otro —propio y ajeno— cambió.

El dolor físico —la supuración, las operaciones, la mutilación, la incógnita de si hablará igual— convive con un dolor más profundo: el de la identidad herida, la interrupción del cuerpo como morada de lo simbólico. Se interrumpen también las rutinas de escritor, periodista, lector. Se interrumpe la vida como continuidad: memoria, afiliaciones, seguridad cultural. Y ante eso, Lançon responde con atención radical al detalle, con aceptación del horror sin romanticismo, con conciencia de que la reconstrucción no es retorno a un “antes”, sino invención de un “después” marcado por cicatrices visibles e invisibles.

La culpa también aparece: no la culpa por un daño causado, sino la culpa del sobreviviente. No se plantea como autoacusación paralizadora, sino como estado psíquico difícil: ¿por qué sobreviví y ellos no? ¿Tengo derecho al dolor y a la vida que tengo? Comparten habitación con otros pacientes, oyen respiraciones, sienten dolores; ven cómo el cuerpo de otro decae. Esa proximidad con la muerte convive con la necesidad de seguir viviendo. Y ahí emerge la dimensión ética del relato: vivir es también un desafío moral, una norma interna de integridad.

Literatura social, histórica y política

Históricamente, el atentado de Charlie Hebdo es un punto de quiebre en la memoria reciente de Francia y del mundo occidental. Lançon lo sitúa con precisión, no como episodio aislado sino como detonante de miles de reflejos: miedo, solidaridad, debate público, polarización. Nos recuerda que el terrorismo no sólo destruye cuerpos, sino que estremece claves culturales: la sátira, la libertad de expresión, la comedia política, el espacio público. En el contexto francés, donde la laicidad, la tradición republicana, lo secular y lo religioso conviven tensamente, este ataque fue no solo un hecho criminal sino un choque simbólico. Lançon atenúa lo político, pero no lo esquiva: su escritura emerge del dolor físico, pero también del contexto cultural, del periodismo, de las tensiones identitarias de Francia con la inmigración, el fanatismo, los límites de la caricatura.

Desde lo social, el libro muestra también las reacciones de los demás: dolor colectivo, sensaciones de solidaridad, pero también de desacuerdo, de incomprensión. Lançon describe cómo la sociedad reacciona, cómo los medios, los políticos, los transeúntes se aproximan al dolor del autor, pero también cómo lo alejan, lo objetivan, lo reducen a símbolo, a manchete. El acto de mirar la cara herida, el “colgajo”, es incómodo. Algunos lo reducen al morbo; otros lo elevan a ejemplo moral. Lançon elige en gran parte evitar discursos ideológicos grandilocuentes, manteniendo la atención en la experiencia personal y su repercusión universal.

Ese equilibrio delicado entre lo personal y lo político es lo que hace que El colgajo funcione como literatura necesaria: no dice “mirad qué me hicieron”, sino “mirad qué queda de mí y qué hacemos con lo que nos hacen”. No busca victimismo, ni venganza; busca verdad, precisión, dignidad.

Crítica: lo que no eleva, lo que falta

Porque no todo en el libro está a la altura de sus pretensiones: su ambición literaria de ser crónica, testimonio y reconstrucción íntima lo obliga a tensar muchos hilos, y algunos se quedan en la penumbra. En algunos pasajes, el lector puede sentir que el autor se detiene demasiado en lo quirúrgico, en las operaciones, en los médicos, en los detalles anatómicos, en el dolor extenuado, y quizá ese registro esté tan saturado que el cuerpo lector se fatiga. Esa acumulación de detalles tiene efecto, claro, pero también corre el riesgo de convertir partes del texto en paisaje del horror, donde la reflexión filosófica o simbólica se diluye en la descripción cruda.

También queda interrogante la dimensión del perdón, del rencor, del olvido: Lançon insiste en afirmar que no siente odio, y que escribir no fue terapia sino reconstrucción; pero esa ausencia de odio mismo produce cierta tensión ética: ¿es posible ser absolutamente libre de resentimiento en circunstancias tan violentas? ¿Y qué papel juega la memoria colectiva en el silencio, en la exigencia de no odiar en un mundo desgarrado? Importantes psicoanalistas sugerirían que negar la ira puede ser una defensa necesaria, pero también puede devenir una negación del propio trauma si no se elabora simbólicamente.

Además, la recepción del libro algunas veces también lo ha visto críticamente como ejemplarismo moral: muchos lo leen como el modelo de “superviviente admirable” que permanece firme, sin odio, sin caer en la amargura. Esa lectura puede, entoces, devenir exigencia o presión para otros supervivientes que viven el trauma distinto, menos visible, menos “ordenado”. En otras palabras: la figura que emerge es sin lugar a dudas ejemplar, pero el gesto literario de la propia ejemplaridad también puede silenciar otras formas de dolor que no caben en ese modelo.

Síntesis final

Al final, El colgajo es un libro que no deja resquicios para lo cómodo: obliga a mirar la cara misma del horror, del terror, de la pérdida, pero también obliga a reconocer qué significa continuar viviendo tras la herida. Su valor reside en esa tensión dialéctica: entre lo que se perdió y lo que se construye; entre la destrucción del yo y la posibilidad de reinvención; entre el silencio impuesto por el daño y la palabra recuperada.

Es lectura imprescindible para quienes creen que la literatura puede hacer algo más que narrar: puede reparar, confrontar, interrogar. Nos recuerda que vivir tras el atentado no significa olvidar, ni ignorar, sino vivir con la cicatriz, con ese colgajo visible o invisible, y seguir respirando, leyendo, escribiendo.

Comparte este artículo:

Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

Últimos artículos del Blog

Últimas reseñas

Otras reseñas que pueden interesarte:

Simón

Simón

“Simón” no es simplemente una película. Es un grito hecho carne, una herida colectiva encarnada en un cuerpo —el de un joven, pero también el de una nación desangrada—, que busca ser narrada, reconocida y, acaso, redimida. Desde su estructura bifronte —una Venezuela...

0 comentarios

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

He leído y Acepto la Política de Privacidad

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies