Madres e Hijas
octubre 13, 2025
Madres e Hijas

Rodrigo García filmó Madres e hijas (2009) como quien se asoma a un álbum familiar que nunca llegó a completarse. Tres mujeres —Karen, Elizabeth y Lucy— encarnan distintas figuras del mismo enigma: qué significa ser madre, qué queda cuando la madre falta, qué vacío deja el intento de reparar lo que no pudo ser. Karen, interpretada por una Annette Bening de gestos secos y mirada endurecida, vive desde hace décadas con la culpa de haber entregado a su hija recién nacida. Su vida está organizada en torno a esa pérdida, como si cada gesto cotidiano fuera una penitencia silenciosa. Elizabeth, la hija dada en adopción, se ha convertido en una abogada exitosa, autosuficiente y emocionalmente impermeable. No busca a su madre, pero vive marcada por una frialdad que la protege tanto como la condena. Lucy, por su parte, es una mujer que desea desesperadamente adoptar un hijo; quiere llenar con ternura el hueco que la biología le negó, pero pronto descubrirá que la maternidad no es un lugar al que se llega por voluntad o contrato, sino por un tránsito de pérdidas que no siempre se controlan.

En el fondo, Madres e hijas es una película sobre la herencia del abandono. Lo que una generación no puede asumir, la siguiente lo repite bajo otra forma. El film no habla tanto de las relaciones entre mujeres como de las huellas que deja el acto de separación original, esa herida inaugural que define toda relación materna. En Karen, la culpa ha devenido identidad; en Elizabeth, la falta se ha transformado en cinismo; en Lucy, el deseo de ser madre se ha vuelto intento de reparación. Tres modos distintos de habitar la carencia, tres maneras de convivir con la falta de origen. Si algo une a estas mujeres es la imposibilidad de nombrar del todo lo que las hiere. Nadie confiesa lo esencial: ni la madre su culpa, ni la hija su vacío, ni la futura madre su miedo a fracasar. Todo se dice de manera lateral, a través de los gestos, de las fugas, de los intentos fallidos de encuentro.

Lo que interesa no es la trama visible, sino las corrientes subterráneas que la sostienen. Madres e hijas muestra con precisión cómo un acto no simbolizado —la entrega de un hijo, la renuncia forzada, la pérdida sin palabra— puede cristalizar una vida entera. Karen no ha podido elaborar el duelo porque nadie le dio permiso para hacerlo; se le impuso la decisión, se le ordenó olvidar, y esa obediencia la dejó prisionera de un silencio estructurante. Elizabeth, la hija, es el producto de ese silencio: una mujer que aprendió a existir sin necesitar a nadie, porque su inconsciente le enseñó que depender es peligroso. Su deseo está encapsulado, su cuerpo funciona como una muralla. Y Lucy encarna el intento contemporáneo de domesticar el azar de la filiación mediante la planificación racional. En su deseo de adoptar hay amor, pero también una voluntad de control: hacer del hijo un proyecto, del vínculo un contrato. La película no la juzga; apenas muestra el momento en que la realidad introduce su grieta y le recuerda que el hijo no se adopta, se recibe.

La maternidad, dice implícitamente García, no es un hecho biológico sino un acto simbólico, un lugar donde el sujeto se enfrenta a la falta. Por eso el film no ofrece consuelo ni moraleja. Lo que busca es mostrar cómo cada mujer se las arregla con su herida, con el eco de lo que no pudo ser dicho. En ese sentido, es una película sobre la transmisión del trauma, sobre cómo una culpa no metabolizada se hereda como defensa, como dureza, como desconfianza hacia el amor. El psicoanálisis enseña que lo reprimido retorna, y aquí retorna bajo la forma de soledad. Cada una de estas mujeres vive rodeada de otros, pero radicalmente sola, atrapada en la imposibilidad de simbolizar su pérdida.

Resulta significativo que las escenas más intensas no sean las de encuentro, sino las de suspensión. Un silencio en la cocina, una mirada contenida, una carta que no se envía. Ahí es donde el cine de García se acerca al espacio analítico: no en lo que se dice, sino en lo que se resiste a ser dicho. Como en una sesión, los personajes bordean la palabra sin alcanzarla del todo. Y sin embargo, algo se mueve. En los momentos finales, cuando las historias convergen, no hay redención ni catarsis, pero sí un leve desplazamiento: la posibilidad de nombrar lo innombrado, de reconocer el vacío sin intentar llenarlo. Esa es, quizás, la única forma de reparación posible: no borrar la falta, sino aprender a convivir con ella.

Ver Madres e hijas puede ser, para quien se permita hacerlo sin defensas, una experiencia terapéutica. No por lo que enseña, sino por lo que despierta. La película interpela directamente a quien alguna vez ha sido hijo o madre —es decir, a todos— y lo obliga a pensar en la transmisión invisible de los afectos, en los silencios heredados, en la dificultad de amar sin repetir el daño recibido. No se trata de identificarse con un personaje, sino de reconocer en ellos los fragmentos de nuestra propia historia. García no filma para consolar, sino para revelar la persistencia de lo no resuelto. Su mirada es tierna pero implacable: sabe que el amor y la culpa no se oponen, que toda relación materna está hecha de ambas.

Quizá por eso la película emociona sin sentimentalismo. No promete reconciliaciones ni justicia. Promete, apenas, la posibilidad de ver —y de vernos— con más verdad. En ese sentido, es una obra que puedo recomendar sin reservas, no porque cure, sino porque invita a pensar el lazo primordial, ese territorio donde el amor se confunde con la herida. Madres e hijas nos recuerda que hay dolores que no prescriben, pero que pueden ser dichos. Y que en ese decir, aunque no cierre la herida, empieza a existir la posibilidad de vivir con ella sin que nos devore.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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