Un hombre afortunado
octubre 26, 2025
Un hombre afortunado

A veces un libro nos mira antes de que lo leamos. Un hombre afortunado de John Berger, con fotografías de Jean Mohr, es uno de esos libros que parecen observarnos desde la distancia con la serenidad del que ha comprendido demasiado. No es una novela, ni un ensayo, ni una biografía. Es, más bien, una radiografía moral del acto de cuidar.

El protagonista, el doctor John Sassall, es un médico rural que atiende a los habitantes de una comarca perdida en las colinas de Inglaterra. Pero Berger no se limita a describir su trabajo: lo acompaña, lo interroga, lo escucha. A través de él, examina lo que significa sostener la vida de los otros cuando la vida propia se desgasta en ese mismo gesto.

Sassall vive rodeado de enfermedad, miseria y soledad. Cada día debe enfrentarse a la muerte con los recursos más elementales: su saber, sus manos, su presencia. Pero la verdadera fuerza del libro no reside en las curaciones, sino en el modo en que Berger penetra, con un lenguaje sobrio y transparente, en la soledad del que cura. Lo que se revela es que el médico no es sólo un técnico, sino un testigo. Y que ser testigo tiene un precio.

Berger se detiene en los detalles mínimos: la espera en la consulta, los rostros de los pacientes, los silencios que anteceden a una mala noticia. Cada escena está sostenida por una prosa que rehúye la sentimentalidad y se acerca, con respeto casi religioso, a la experiencia de la vulnerabilidad. Jean Mohr, por su parte, fotografía sin ornamentación: cuerpos cansados, manos curtidas, miradas que se sostienen en lo que no puede decirse. Texto e imagen forman una sola respiración.

Sassall representa, en el fondo, una figura ética: alguien que busca en el sufrimiento ajeno una forma de redención. Berger lo observa como quien contempla a un hombre que intenta salvarse salvando. Pero esa misma entrega lo condena. Porque la frontera entre compasión y desgaste es invisible. Sassall escucha tanto dolor que termina absorbiéndolo. Se convierte en el confesor de un pueblo entero. Y, como todos los confesores, acaba perdiéndose entre las voces que intenta aliviar.

El título del libro es irónico. ¿En qué sentido puede ser “afortunado” un hombre que se consume día tras día en la atención de los otros? Berger parece decirnos que la fortuna de Sassall consiste en haber encontrado un sentido —aunque ese sentido lo destruya. Es el destino del que no puede dejar de mirar el sufrimiento: comprender que la compasión tiene un límite, y que más allá de ese límite espera el vacío.

Hay en este retrato algo profundamente psicoanalítico, aunque Berger no lo pretenda. El médico rural, como el analista, trabaja con lo invisible: con la palabra, con la escucha, con la transferencia. Necesita la confianza del otro, pero también cierta distancia que le permita no ahogarse en lo que el otro proyecta sobre él. Sassall no logra mantener esa distancia. Por eso su humanidad, admirable, es también su condena.

Berger, que conocía bien las trampas del idealismo, nos muestra cómo incluso la vocación más noble puede transformarse en una forma de hybris: el exceso de querer salvar. El libro no glorifica al médico, sino que lo desnuda. No hay heroísmo, sino fragilidad. No hay épica, sino el rumor constante del cansancio.

Lo que hace de Un hombre afortunado una obra extraordinaria es su capacidad de convertir lo clínico en filosófico, lo cotidiano en trascendente. El dolor no se representa como espectáculo, sino como condición humana. Y en ese gesto, Berger redefine lo que significa “ver”. Ver no es mirar la herida, sino dejar que la herida nos mire a nosotros.

Hacia el final, la figura de Sassall queda suspendida entre la compasión y el agotamiento. Berger lo retrata con una mezcla de ternura y fatalismo: sabe que ese hombre, tan lúcido y tan exhausto, está condenado a su propia sensibilidad. No puede no sentir. No puede no escuchar. Y, sin embargo, eso mismo lo mantiene vivo.

Décadas después, sabremos que el verdadero doctor Sassall se suicidó. Berger no lo menciona —el libro fue escrito antes—, pero al leerlo uno siente que el desenlace ya estaba escrito entre líneas. Un hombre afortunado no es sólo el retrato de un médico: es la premonición de un colapso. Una advertencia sobre el precio de asumir el dolor del otro sin mediación.

En la tradición moral de Berger —la de quien observa al ser humano en su condición más expuesta— este libro ocupa un lugar esencial. No ofrece consuelo ni redención. Ofrece, en cambio, una mirada que dignifica. En tiempos donde la palabra “empatía” se usa con ligereza, Berger nos recuerda que comprender al otro es una tarea peligrosa, porque implica arriesgar la propia estabilidad.

Quizá por eso Un hombre afortunado no se olvida. Porque todo lector, en algún punto, ha sido Sassall: ha querido aliviar a alguien, ha sentido que su ayuda no bastaba, ha comprendido que la compasión puede desgastar tanto como el dolor mismo.

No hay moraleja. Solo una certeza, dicha con la voz sobria y precisa de Berger: que vivir con los demás exige aceptar que nunca podremos salvarlos del todo.

Y que, sin embargo, en ese límite —en ese fracaso luminoso— reside la única forma posible de fortuna.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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