Los hundidos y los salvados
septiembre 26, 2025
Los hundidos y los salvados

He aquí un epílogo, que en realidad funciona como un comienzo. Los hundidos y los salvados no es un cierre, sino la elaboración definitiva de la pregunta que atravesó toda la vida de Primo Levi: cómo dar cuenta del Lager, cómo transmitir una experiencia que, por definición, excede los límites de la representación. Si en Si esto es un hombre y en La tregua nos había conducido a través del testimonio directo y del viaje de regreso, aquí Levi ensaya una reflexión madura, lúcida y descarnada sobre los mecanismos de la memoria, la culpa, la vergüenza y el testimonio.

El título ya anuncia la polaridad que organiza el libro. Están los hundidos, los que no pudieron sostenerse, los que desaparecieron en el remolino de la aniquilación; y están los salvados, los que por azar, astucia o circunstancia lograron sobrevivir. Pero Levi nos advierte desde el principio que esta dicotomía no es tan nítida como parece. Los que se hundieron, en cierto modo, constituyen la verdadera esencia de Auschwitz, porque fueron ellos los que pagaron el precio más alto. Los que sobrevivieron cargan con una paradoja: son testigos privilegiados precisamente porque no representan a la mayoría. En otras palabras, los salvados son, en cierto modo, una excepción que deforma el espejo de la experiencia.

En este punto, Levi introduce una de las nociones más perturbadoras de todo el libro: la “zona gris”. Esa región moral donde víctimas y verdugos se entrelazan de maneras ambiguas, donde las jerarquías internas del campo obligaban a los prisioneros a participar de su propia opresión. Levi no busca justificar ni condenar, sino mostrar que el sistema estaba diseñado para corromper la pureza de cualquier juicio. Los kapos, los encargados de los barracones, los prisioneros que obtenían privilegios a cambio de colaborar: todos ellos habitan esa zona donde las categorías de bien y mal se disuelven. La “zona gris” es, en última instancia, una advertencia para el lector: no es posible comprender Auschwitz desde la comodidad de las oposiciones simples.

Otro de los núcleos del libro es la cuestión de la memoria. Levi reflexiona sobre los mecanismos del olvido, las distorsiones del recuerdo, las formas en que la experiencia del campo fue negada o manipulada tanto por los perpetradores como por los sobrevivientes. Con la precisión de un químico —y también con la sensibilidad de un escritor—, analiza cómo la memoria no es un depósito inalterable, sino un campo de batalla en el que intervienen la vergüenza, la culpa, el autoengaño y la presión de la sociedad. Levi insiste en que testimoniar es un deber, pero también reconoce la dificultad intrínseca de hacerlo: cada narración es parcial, cada relato se enfrenta a la imposibilidad de transmitir el horror en toda su magnitud.

La culpa ocupa un lugar central en esta reflexión. No se trata de la culpa de los verdugos —que en muchos casos nunca la asumieron—, sino de la culpa de los sobrevivientes. Esa culpa paradójica que nace del hecho de estar vivos cuando tantos otros murieron. Levi no la disimula ni la racionaliza; la expone como un sentimiento que acompaña, que no se disuelve con el paso del tiempo. Es el reverso de la salvación, el precio íntimo que cada superviviente debe pagar por el azar que lo mantuvo con vida.

Desde la perspectiva psicoanalítica, Los hundidos y los salvados nos muestra cómo el trauma no se clausura nunca. La escritura de Levi es, en sí misma, un intento de elaborar lo inasimilable. Pero lo notable es que Levi no se limita a hablar de sí mismo: convierte su testimonio en una interrogación universal. Lo que está en juego no es solo Auschwitz como acontecimiento histórico, sino la condición humana frente al mal, la fragilidad de nuestras construcciones éticas, la facilidad con la que una sociedad puede deslizarse hacia la barbarie.

El estilo de Levi, como siempre, evita cualquier grandilocuencia. Escribe con sobriedad, con la claridad de quien sabe que no debe añadir adornos a aquello que ya de por sí es insoportable. Y sin embargo, en esa sobriedad se encuentra una fuerza literaria extraordinaria: la potencia de una voz que, al renunciar al artificio, se convierte en inapelable.

Los hundidos y los salvados fue publicado en 1986, apenas un año antes de la muerte de Levi. Leído hoy, tiene la resonancia de un testamento, no tanto en el sentido personal, sino en el sentido ético. Es un libro que nos advierte contra la tentación de simplificar, contra el riesgo de banalizar el mal, contra el olvido que siempre acecha.

La enseñanza de Levi, en este volumen final, es doble: por un lado, la necesidad de seguir recordando; por otro, la obligación de reconocer que el recuerdo nunca será completo. Lo que se hundió en Auschwitz no podrá ser rescatado del todo. Lo que se salvó, en cambio, tiene el deber de hablar, aunque sepa que su palabra nunca alcanzará para colmar el silencio de los muertos.

En ese espacio de imposibilidad y de urgencia, de silencio y de testimonio, se sitúa este libro imprescindible. Porque como Levi supo señalar, el verdadero peligro no es que el horror se repita idéntico, sino que vuelva bajo nuevas formas, amparado en nuestra incapacidad de reconocer sus síntomas. Los hundidos y los salvados es, entonces, más que un libro de memoria: es una advertencia dirigida al porvenir.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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