El último hombre blanco
octubre 28, 2025
El último hombre blanco

En El último hombre blanco, Nuria Labari nos sitúa en la cima de un éxito que, en apariencia, debería ser liberador. La protagonista es una mujer que ha conquistado todo lo que la sociedad prometía: independencia, reconocimiento, solvencia, libertad. Pero la cima no es un lugar de triunfo: es un escenario de impostura. Lo que Labari describe no es solo la vida de una ejecutiva, sino la mutación de un sujeto que, en nombre de la igualdad y el progreso, ha terminado por internalizar los códigos del poder que pretendía transformar.

La novela comienza silenciosa, sin catástrofes visibles. Los derrumbes aquí ocurren en la rutina, en la aparente normalidad de reuniones, ascensos y firmas, donde la victoria se confunde con la pérdida. La voz de la protagonista se despliega con una lucidez incómoda: “Todos los trabajos tienen una cosa en común: nos enseñan a cumplir normas con las que no estamos de acuerdo. Y cuanto más las cumplimos, mayor es la distancia que nos separa de nosotros mismos.” Esa confesión resume el núcleo moral de la obra: el mundo laboral, disfrazado de meritocracia y libertad, sigue estructurado por un modelo masculino que define lo posible, lo permitido y lo deseable.

El feminismo atraviesa el libro, pero no de manera programática. Labari lo presenta como un paisaje melancólico y consciente de sus límites. La protagonista reconoce que la última ola del movimiento fue un tsunami precioso, pero que, incluso hoy, el poder sigue siendo masculino: “Una cosa es cambiar a los jugadores y otra las reglas del juego, y las reglas, también las de hoy, las inventaron ellos.” La igualdad que parecía alcanzable se revela como un recambio superficial, un cambio de figuras sin transformación de la gramática del poder. La autora articula así una crítica fina y despiadada: ocupar los lugares del poder no garantiza cambiar su lógica.

Lo extraordinario de El último hombre blanco es cómo Labari entrelaza la experiencia del poder con la vida íntima de su protagonista. La mujer ejecutiva, madre ausente, amante exigente y fuerza productiva imparable, se reconoce atrapada en un monstruo que ella misma ha contribuido a crear: “No logro doblegar al monstruo en que me he convertido… Y, sin embargo, desearía destruirlo todo.” Este conflicto interior —amar el sistema que te destruye— atraviesa toda la narrativa y revela la alienación contemporánea: un sujeto que ha conquistado autonomía simbólica, pero que no sabe quién habla cuando habla, quién desea cuando desea. La identidad se vuelve ficción sostenida por la demanda del Otro: la empresa, la familia, la sociedad.

Labari amplía esta reflexión a la economía libidinal del poder y del bienestar. “Como si el bienestar económico o laboral tuviera relación, no con las necesidades básicas del individuo, sino con el goce de la vida. Como si el dinero pudiera pagar precisamente lo que no se puede comprar.” La autora denuncia, con elegante economía de palabras, la sustitución del sentido por la eficiencia, del eros por la productividad. El mundo laboral se convierte en maquinaria que devora la subjetividad, mientras la protagonista se convierte en testigo y víctima de su propio exceso.

La prosa de Labari es afilada, irónica y precisa. Cada escena —una reunión de madrugada, un despacho de cristal, un mensaje no respondido— funciona como diagnóstico, revelando lo simbólico en lo cotidiano. El estilo, que recuerda por su limpieza y lucidez a escritoras como Natalia Ginzburg o Virginie Despentes en su versión más reflexiva, permite al lector acompañar la transformación de la protagonista sin artificio, sin sentimentalismo. Cada línea encarna el conflicto entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte en la forma contemporánea de la adicción a la productividad, y hace visible la fatiga ética y psíquica de quienes han internalizado la lógica del poder.

La novela no ofrece redención ni catarsis. Su fuerza reside en la negativa a consolar, en mostrar la alienación como experiencia viva. La protagonista no se salva, pero tampoco se rinde. Su mirada comprende que la verdadera revolución no pasa por ocupar puestos de poder, sino por desactivar su gramática, desmantelar las reglas que definen lo posible y lo deseable. El título, El último hombre blanco, alude tanto al paradigma de poder aún vigente —racional, competitivo, impermeable a la fragilidad— como a su extinción inminente. Labari sugiere que lo que viene después es incierto, humano y más complejo, pero también más digno de ser vivido.

Finalmente, la novela nos deja con una sensación ambigua: lucidez y desconsuelo, crítica y ternura. Labari entrega un espejo en el que se refleja cualquier lector que haya sentido que su vida se ha convertido en un sistema de tareas, que haya cumplido sin cesar hasta perder contacto con su propia subjetividad. El último hombre blanco es una obra política y ética, sobre feminismo, poder, desigualdad y alienación, pero también sobre la vulnerabilidad, la identidad y la búsqueda de sentido en un mundo que exige rendimiento antes que humanidad. La novela nos recuerda que la libertad verdadera consiste en poder detenerse, cuestionar y, a veces, destruir aquello que nos sostiene y nos devora al mismo tiempo.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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