El paseo
septiembre 28, 2025
El paseo

El paseo, publicado en 1914, pertenece a ese tipo de literatura que conviene leer en voz baja, como si el silencio fuera su único escenario posible. Y es que, mientras Europa se precipitaba hacia la carnicería de la Gran Guerra, Robert Walser libraba otra guerra, íntima, desigual, contra la vida misma y contra la fragilidad de su propia mente. Lo que en apariencia es un relato inocente —el de un hombre que camina por la ciudad y sus alrededores— es, en realidad, una alegoría existencial que anticipa la deriva de un autor cuya vida se consumió en paseos solitarios y años de internamiento psiquiátrico. No es casual que Walser muriera en la nieve, durante uno de sus últimos paseos: su destino y su literatura se confunden hasta el extremo.

El título, tan sencillo, encierra resonancias inquietantes. Caminar fue para Walser un modo de relacionarse con el mundo sin quedar atrapado por él, una estrategia de exterioridad que evitaba vínculos siempre sospechosos de dolor, abuso o vacuidad. Cada encuentro que el paseante narra en su recorrido —con niños, mujeres, funcionarios, transeúntes— es un intento fallido de proximidad. Allí donde parece abrirse la posibilidad de un vínculo, lo que se produce es un desencuentro inmediato, un repliegue.

Esa dinámica revela el verdadero drama del texto: las palabras, los pensamientos, las anticipaciones con las que el narrador se esfuerza en preparar el acceso al otro nunca llegan a su destino. Se estrellan contra la imposibilidad de un vínculo humano pleno. Lo que en un primer momento puede parecer ingenuidad, cortesía exagerada o timidez, acaba mostrando su reverso: una devastadora ironía que expone la inanidad de lo humano.

En medio de ese itinerario, surge una figura ominosa que concentra el horror y lo vuelve visible: el gigante Tomzack. Este personaje, que se perfila como un doble invertido del narrador, encarna la visión más descarnada de la existencia: un muerto viviente, un ser para quien nada tiene sentido y que, sin embargo, está condenado a seguir existiendo eternamente. “Moría a cada instante y aun así no podía morir”, se dice de él. Su aparición señala el límite al que se enfrenta el paseante: el espejo deformado de su propio vacío.

Walser consigue aquí un efecto inquietante: lo grotesco y lo melancólico se funden. La voz que describe árboles, panaderías o pequeños detalles con ternura repentina es la misma que se enfrenta a la abismal imposibilidad de vivir. El tono ligero y casi infantil convive con una lucidez oscura, que desnuda el sinsentido con una perseverancia implacable. La ironía inicial se va desgastando hasta dar paso a un registro distinto, más lento, impregnado de tristeza.

Hacia el final, la narración se tiñe de melancolía. El paseante evoca hipotéticas culpas, dolores que pudo haber causado en quienes lo acompañaron alguna vez. El peso de lo no vivido y lo malogrado se confunde con la amargura de lo que sí llegó a ser y, por ello mismo, arrastra su cuota inevitable de sufrimiento. La vida, nos dice Walser, es una suma de pérdidas en la que incluso los logros llevan inscrita la marca del dolor.

Por un instante, asoma la posibilidad de reconciliarse con la muerte, imaginada como una paz anhelada: “¡Qué dulce debe ser estar muerto aquí, yacer ignorado en la frescura de la tierra del bosque!”. Pero esa ensoñación se disuelve pronto: existir y no existir aparecen como dos caras de la misma moneda insoportable. El retiro, la renuncia, se imponen como la única respuesta. Incluso el último atisbo de amor, lanzado al aire como una pompa de jabón, se desvanece de inmediato. Lo humano, en Walser, no deja de confirmarse como imposible.

En este sentido, El paseo puede leerse como el testimonio de un sujeto que jamás logra estabilizar su identidad. Cada paso es un rodeo, cada palabra una deriva. Caminar es perderse, y perderse es la única forma de habitar un mundo que resulta demasiado ajeno. Walser convierte el paseo en metáfora radical de la vida: un tránsito sin llegada, una fuga interminable donde la fragilidad se revela con toda su crudeza.

Lo que estremece al lector no es tanto lo que sucede, sino la certeza de que esa caminata encarna la vida entera de su autor. Escribir fue durante un tiempo su recurso para resistir a la locura, hasta que incluso eso le resultó insoportable. Pasear, en cambio, nunca dejó de hacerlo: su última huella quedó impresa en la nieve.

Al cerrar el libro, nos queda la impresión de haber acompañado a un hombre que, al no encontrar un lugar en el mundo, transformó esa intemperie en literatura. El paseo es, así, un testamento sin consuelo: nos recuerda que la vida es un trayecto frágil y banal, en el que cada encuentro está condenado a devenir desencuentro. Y sin embargo, en esa conciencia dolorosa late también una forma de belleza: la de quien, sabiendo que todo sentido se desvanece, elige caminar de todos modos.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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