El miedo de los niños
septiembre 22, 2025
El miedo de los niños

Antonio Muñoz Molina ha cultivado a lo largo de su trayectoria un interés constante por lo secreto, por lo apenas perceptible, por esas grietas del presente que de pronto se abren y nos devuelven el eco de una herida antigua. El miedo de los niños pertenece a ese linaje de textos que, más que contar una historia, trazan una atmósfera, un clima moral y psíquico en el que el lector se siente atrapado, como si fuese el testigo de un malestar cuyo origen no se deja fijar del todo.

La narración se abre con una imagen de un Madrid que comienza a modernizarse, a dejar atrás las huellas visibles de la dictadura, pero en el que persisten zonas oscuras, resabios de violencia, callejones de silencio y secretos. Lo que parece en un primer momento una crónica casi documental se transforma poco a poco en un relato inquietante, en el que los niños, con su particular vulnerabilidad, se convierten en la clave para entender la transmisión del miedo, ese afecto primario que atraviesa generaciones y contextos.

El título ya señala el centro de gravedad del libro: no es “el miedo en los niños”, como si se tratara de una emoción pasajera, sino “el miedo de los niños”, una posesión, una marca constitutiva que pertenece a la infancia y que, en cierto modo, nunca nos abandona. En ese matiz se juega todo el alcance de la obra. Muñoz Molina sabe que el miedo no es únicamente un efecto de una amenaza concreta, sino la impronta de un mundo adulto que no ha sabido proteger, que ha delegado en los más pequeños la tarea de metabolizar lo que los mayores callan.

En este sentido, el relato conecta con una dimensión profundamente psicoanalítica: los niños, como en Freud o en Lacan, perciben más de lo que pueden decir. Ven y sienten lo que el discurso adulto reprime. El miedo que los atraviesa es la forma sensible de un trauma colectivo, la materialización de lo que no puede formularse abiertamente. La mirada de Muñoz Molina acierta en capturar esa experiencia sin convertirla en un manifiesto ideológico ni en una denuncia explícita. Más bien, lo que ofrece es una suerte de radiografía emocional: el miedo como clima, como respiración contenida, como un murmullo que recorre patios, pasillos y habitaciones cerradas.

El texto se sostiene sobre una prosa contenida, sobria, que rehúye el efectismo. Muñoz Molina escribe como quien quiere atrapar el temblor más leve, consciente de que un exceso de énfasis lo destruiría. Esa sobriedad tiene algo clínico, como si se tratara de un informe minucioso en el que cada palabra se coloca para que el lector escuche lo que no se dice. Es precisamente esa economía lo que otorga al relato su poder hipnótico: no se trata de un argumento trepidante, sino de una experiencia de lectura en la que uno se siente vigilado, convocado a recordar sus propios terrores infantiles.

Lo perturbador del libro es que nunca queda del todo claro de qué tienen miedo los niños. ¿De la violencia soterrada de los adultos? ¿Del clima político en el que se inscribe su infancia? ¿Del desamparo que sienten ante un mundo demasiado vasto? Muñoz Molina no ofrece respuestas unívocas, sino que nos confronta con la indefinición misma del miedo. Y ahí radica su eficacia: el miedo más devastador es aquel que no se puede nombrar, que carece de objeto preciso.

Como lector, uno no puede evitar sentir que el relato está hablando también de nuestra época. Si los niños del pasado cargaban con los restos del franquismo y con el silencio de una sociedad marcada por la represión, los niños de hoy lo hacen con otros fantasmas: la incertidumbre, la intemperie de un mundo digitalizado que los expone y los abandona a la vez, el eco de crisis sucesivas que los adultos intentan maquillar. El miedo de los niños se vuelve así intempestivo: no describe solo una situación histórica, sino una condición estructural de la infancia.

La gran lección de este libro es que los niños nunca olvidan. Pueden crecer, adaptarse, incluso prosperar. Pero ese miedo primero, ese estremecimiento inaugural, persiste como una huella invisible. Muñoz Molina lo sabe y lo transmite con un respeto y una precisión que desarma. Leer este texto es volver a entrar en contacto con lo que alguna vez fuimos y con lo que todavía nos habita, aunque lo neguemos.

En definitiva, El miedo de los niños no es solo un relato breve de Muñoz Molina. Es un ejercicio de memoria afectiva, un espejo en el que se reflejan los pliegues más oscuros de la infancia, y al mismo tiempo una advertencia sobre la fragilidad de la transmisión entre generaciones. Con su estilo sobrio, clínico y profundamente humano, el autor logra algo poco frecuente: que el lector se descubra a sí mismo niño de nuevo, atrapado por un miedo que creía olvidado, y que al mismo tiempo entienda que ese miedo nunca dejó de acompañarlo.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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