Cuando un crimen nos desconcierta
marzo 13, 2026
Cuando un crimen nos desconcierta

Cada vez que ocurre un crimen especialmente atroz, la reacción pública sigue un patrón reconocible: buscamos una explicación inmediata que permita domesticar el horror. La violencia extrema resulta insoportable cuando aparece como contingente; por eso surge la necesidad de inscribirla rápidamente en una narrativa que la haga inteligible. El problema es que, en esa operación, la realidad suele simplificarse hasta quedar deformada.

Hace algún tiempo un suceso trágico sacudió a la opinión pública española: un hombre asesinó a su hija pequeña y posteriormente se quitó la vida. Más allá del dolor que produce un hecho así, lo llamativo fue el tipo de interpretaciones que proliferaron de inmediato. Muchos comentarios se centraron en un dato que, aparentemente, desmentía ciertos estereotipos: el agresor participaba en entornos activistas progresistas y era bien considerado en su círculo social. De ahí surgió una especie de descubrimiento tardío: los hombres con convicciones políticas de izquierdas también pueden cometer actos de violencia extrema.

En realidad, no había ahí ningún descubrimiento. La historia humana ofrece pruebas sobradas de que la violencia no pertenece a ninguna ideología particular. A lo largo del siglo XX, regímenes de todo signo político han producido atrocidades masivas. La agresividad humana no se deja encerrar fácilmente en un campo doctrinal. Sin embargo, el asombro colectivo revelaba algo más profundo: la persistente ilusión de que las ideas que una persona declara sostener coinciden necesariamente con su modo de actuar.

Esta ilusión tropieza con una constatación elemental que el psicoanálisis formuló hace más de un siglo: el sujeto humano está dividido. No existe una coincidencia perfecta entre lo que uno cree ser, lo que dice y aquello que finalmente hace. El pensamiento consciente, los ideales morales y las convicciones políticas forman parte de la vida psíquica, pero no la agotan. Bajo esa superficie operan determinaciones inconscientes que no siempre se alinean con el discurso que el sujeto sostiene públicamente.

Desde esta perspectiva, no debería sorprender que alguien comprometido con causas igualitarias pueda mantener en su vida cotidiana comportamientos profundamente contradictorios con esos principios. La incoherencia no es una anomalía excepcional; es una característica estructural del sujeto. Los seres humanos no somos dueños absolutos de los discursos que nos constituyen.

En los debates que siguieron al crimen aparecieron también explicaciones de otro tipo. Algunos especialistas afirmaron que la violencia contra las mujeres se encuentra inscrita en el núcleo mismo de la masculinidad, como si existiera una suerte de programación latente que podría activarse en determinadas circunstancias. A veces estas hipótesis se presentan mediante metáforas biológicas: se habla de comportamientos “dormidos” en el ADN que despertarían cuando aparece el estímulo adecuado.

Este tipo de razonamientos plantea dificultades evidentes. Por un lado, sugiere una forma de determinismo biológico difícil de sostener empíricamente. Por otro, introduce una paradoja conceptual: si la violencia estuviera inscrita de manera genética en la condición masculina, resultaría difícil comprender por qué se insiste al mismo tiempo en que la educación puede erradicarla.

Las explicaciones puramente biologicistas tienden a oscurecer más de lo que aclaran. La agresividad humana no se reduce a una variable genética ni puede entenderse únicamente como el producto de una ideología. Entre ambos extremos existe un campo mucho más complejo en el que intervienen la historia singular de cada sujeto, los marcos culturales que organizan la vida colectiva y las formas particulares de satisfacción o de sufrimiento que cada individuo encuentra en su relación con los demás.

El debate público suele oscilar entre dos simplificaciones opuestas. A veces se intenta explicar todos los actos violentos recurriendo a una única causa social, como si existiera una clave universal capaz de descifrar cada crimen. Otras veces se atribuye todo a la locura individual, como si el acto violento fuese simplemente el efecto de una patología aislada del mundo social.

Ninguna de estas dos posiciones resulta plenamente satisfactoria. Reducir la violencia a un esquema sociológico único borra las diferencias entre situaciones muy distintas; pero negar la dimensión subjetiva y clínica del acto violento impide comprender la lógica particular que puede conducir a alguien a cometerlo.

El psicoanálisis introdujo en este debate una idea que sigue siendo incómoda: el inconsciente no nos exime de la responsabilidad. A comienzos del siglo XX, cuando algunos abogados intentaron utilizar el complejo de Edipo como argumento para disminuir la culpabilidad de ciertos acusados, el propio psicoanalista que había formulado esa teoría, Sigmund Freud, respondió con claridad: que un acto tenga determinaciones inconscientes no elimina la deuda que el sujeto contrae por haberlo realizado.

La vida psíquica está atravesada por fuerzas que el individuo no controla completamente, pero eso no lo convierte en un mero instrumento de ellas. Entre determinación y responsabilidad existe una tensión que ninguna teoría seria debería ignorar.

Otro aspecto que suele desaparecer en las discusiones públicas es la complejidad de la sexualidad humana. La relación entre los cuerpos, incluso cuando está mediada por el deseo y el consentimiento, nunca es completamente pacífica. Toda relación erótica implica una cierta intrusión del otro, una perturbación del equilibrio del propio cuerpo. Esta dimensión conflictiva del encuentro sexual forma parte de su estructura misma.

Reconocer este hecho no significa justificar la violencia ni confundirla con el crimen. Significa simplemente admitir que el vínculo entre los sexos está atravesado por tensiones que no se dejan reducir a categorías morales simples. Cuando estas tensiones se niegan o se simplifican, reaparecen en formas más crudas y difíciles de comprender.

La discusión contemporánea sobre la violencia de género ha producido aportaciones intelectuales valiosas, pero también corre el riesgo de empobrecerse cuando adopta explicaciones demasiado homogéneas. Si todos los actos violentos se interpretan a partir de una única matriz explicativa, la posibilidad de distinguir entre situaciones distintas desaparece. Y cuando las diferencias se borran, el pensamiento termina debilitándose.

Quizá el desafío más importante consista precisamente en resistir la tentación de las respuestas rápidas. Cada acto violento es el resultado de una trama singular donde confluyen factores personales, familiares, sociales y culturales. Ningún esquema único puede capturar por completo esa complejidad.

La violencia extrema seguirá interrogándonos mientras exista la condición humana. Lo único que puede evitar que nuestra comprensión se degrade es mantener abiertas varias preguntas a la vez: por la estructura del sujeto, por las formas de goce que atraviesan la vida psíquica y por los discursos sociales que organizan el mundo en el que vivimos.

Cerrar demasiado pronto cualquiera de esas preguntas no elimina el problema. Simplemente lo vuelve invisible.

Comparte este artículo:

Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

Últimos artículos del Blog

Últimas reseñas

También te puede interesar:

0 comentarios

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

He leído y Acepto la Política de Privacidad