Cuando un bebé llora
febrero 24, 2026
Cuando un bebé llora

Un relato basado en hechos reales:

Aquella tarde, de un lunes cualquiera, el colegio parecía un pequeño país gobernado por el ruido. Los niños corrían con la violencia alegre de los que todavía no conocen el cansancio verdadero, y sus gritos se elevaban como bandadas desordenadas que chocaban contra las paredes encaladas del patio. El sol, ya inclinado, barnizaba de oro cansado los columpios y las mochilas abandonadas en el suelo.

Una madre apareció por la puerta lateral que daba acceso al centro educativo con la determinación distraída de quien vive varias escenas al mismo tiempo. Llevaba una chaqueta ligera, el teléfono colgado del cuello como un escapulario, y empujaba un cochecito en cuyo interior apenas se adivinaba una vida reciente, protegida por la capota bajada. En el cochecito dormía —o parecía dormir— un bebé de apenas dos meses, invisible para el mundo salvo por el leve movimiento de la manta.

La madre recogió a su hijo mayor con un beso rápido pero sin interrumpir la conversación que ya iniciaba con otra madre, y se dirigió así al parque interior del colegio. Allí el niño se desprendió de su mano y se lanzó a la carrera, absorbido por la tribu infantil, mientras su madre se integraba en el corro de mujeres que hablaban con la urgencia de quienes administran el día como una empresa compleja.

Fue entonces cuando su bebé empezó a quejarse.

Al principio fue un sonido tenue, una vibración más que un llanto, como si el aire del cochecito se hubiese vuelto demasiado denso. Nadie pareció advertirlo. El murmullo creció, se volvió insistente, adquirió ese tono quebrado que no admite demora. La madre se inclinó apenas, levantó un poco la capota y, sin dejar de conversar, apoyó entre risas la mano sobre el cuerpo diminuto, como quien comprueba la temperatura de una taza. Después volvió a incorporarse.

El llanto se espesó.

Ya no era una queja, sino un reclamo rojo y obstinado, una protesta que hacía vibrar los cinturones de seguridad que lo mantenían sujeto boca arriba, mirando un cielo encapotado que no podía ver. La madre volvió a agacharse y, mientras asentía a lo que le contaban, zarandeó suavemente el cochecito. Dijo que tendría sueño. Lo dijo con la naturalidad de quien ofrece una explicación razonable al universo.

Pero el sueño no acudió.

El bebé se movía lo poco que podía, enredado en su propia incapacidad para darse la vuelta. La madre lo tapó mejor con la manta, como si el frío fuese la causa secreta de todo malestar. Miró el móvil un rato, detenidamente. Se quitó la chaqueta y la colocó debajo del cochecito. Saludó a otra madre con una sonrisa amplia. Llamó al hijo mayor, que corría ya sudoroso entre los árboles. El llanto seguía allí, más alto, más urgente, como si quisiera perforar la escena.

En un momento de desesperación silenciosa, el bebé se llevó uno de sus pulgares a la boca. Succionó con una concentración feroz, como si en ese gesto estuviera cifrada la solución de todos los enigmas. Durante unos segundos el mundo pareció aquietarse. Luego el dedo resbaló y el llanto regresó, ahora encendido, con la cara enrojecida por el esfuerzo de existir.

La madre bajó la capota del todo. La penumbra cayó sobre el pequeño cuerpo. La madre sacó entonces el teléfono y lo dejó encima del bebé, como si ofreciera un talismán. El objeto brillante descansó inútil sobre la manta. El niño obviamente no lo miró; no podría ni sostenerlo; el artefacto era un planeta ajeno orbitando un dolor demasiado primario para las pantallas.

Finalmente, la madre empezó a pasear indiferente, sin angustia, ni aparente preocupación el cochecito por el parque, entre niños correteando y el griterío general. Las ruedas crujían sobre la grava mientras el bebé alternaba sollozos enrojecidos con la succión intermitente del pulgar. El movimiento imprimió al llanto un ritmo nuevo, menos desgarrado, más espaciado. Poco a poco, no por consuelo sino por lo que parecía agotamiento, los párpados antes apretados comenzaron a cerrarse. El pulgar quedó atrapado entre los labios, como un ancla mínima. El llanto se transformó en hipo, el hipo en respiración pesada, y la respiración en sueño.

La madre condujo el cochecito hasta una esquina del parque, a la sombra de un árbol joven. Allí lo dejó, detenido como una embarcación amarrada después de la tormenta. El bebé dormía, ajeno a la conversación que seguía fluyendo en el centro del patio, ajeno al teléfono que descansaba sobre su pecho como un amuleto sin milagro.

Y el parque continuó su bullicio, indiferente y luminoso, mientras el sueño del niño sellaba, por esa tarde, el diálogo inconcluso entre su llanto y el mundo.

Esta escena es sencilla y aparentemente cotidiana. No hay violencia. No hay negligencia flagrante. Pero, hay en ella algo cada vez más frecuente hoy en día, independientemente de que el cuidador sea una madre, un padre u otra persona a cargo de una criatura: una atención fragmentada.

Como este tipo de escenas no son excepcionales, conviene analizarlas con claridad y precisión. No para culpabilizar, sino para distinguir qué es estructuralmente importante en la crianza temprana y qué no lo es.

1. El llanto no es ruido: es una llamada

Un bebé de dos meses no manipula, no exagera, no “toma el pelo”. Su llanto es su único recurso para convocar al adulto, al Otro.

El llanto puede tener múltiples causas (hambre, sueño, incomodidad, necesidad de contacto), pero siempre cumple una función más amplia: poner en marcha la relación, hacerse un lugar en el Otro.

Cuando el bebé llora, no sólo expresa una necesidad fisiológica. Está verificando algo decisivo:

  • ¿Alguien me escucha?
  • ¿Mi malestar tiene efecto?
  • ¿Provoco una respuesta?

La experiencia repetida de que el llanto, por ejemplo, modifica la escena —que el adulto se detiene, mira, se interesa, sostiene, habla— construye la base de la seguridad afectiva.

2. La diferencia entre “hacer algo” y “estar ahí”

En la escena descrita, la madre realiza acciones:

  • Mueve el cochecito.
  • Tapa al bebé.
  • Interpreta que tiene sueño.
  • Pasea.
  • Introduce un objeto distractor.

Pero lo esencial no es la acción en sí, sino la calidad de presencia.

Para un bebé pequeño, lo regulador no es el movimiento mecánico, sino:

  • la mirada,
  • la voz dirigida con interés amoroso,
  • el contacto corporal sostenido,
  • la disponibilidad emocional.

Un bebé puede llorar menos cuando se le pasea, pero eso no significa necesariamente que haya sido consolado. A veces simplemente se agota.

Dormirse no siempre equivale a estar tranquilo; a veces equivale a rendirse fisiológicamente.

3. La atención dividida

La crianza actual está atravesada por una dificultad inédita: la competencia permanente por la atención.

En la escena aparecen tres polos que compiten con el bebé:

  1. El hijo mayor.
  2. El grupo social de adultos.
  3. El smartphone.

El problema no es que existan. Es inevitable que una madre tenga varios frentes abiertos. El punto crítico es otro: cuando el bebé no logra alterar la escena libidinal del adulto.

Si el llanto no produce una interrupción real —aunque sea breve— el bebé puede empezar a registrar que su llamado no tiene impacto, no afecta al Otro.

Cuando esto se repite sistemáticamente, pueden aparecer dos tendencias:

  • Bebés que intensifican el llanto (más excitación).
  • Bebés que reducen el llamado y se autoapaciguan precozmente (más desconexión).

Ninguna de las dos es ideal como patrón dominante.

4. El autoapaciguamiento precoz

En el relato, el bebé termina chupándose el pulgar y finalmente se duerme.

La succión es un recurso normal. No es patológico. Todos los bebés la utilizan.

La cuestión no es el gesto en sí, sino el contexto:

  • ¿Es un complemento de una regulación compartida?
  • ¿O es un sustituto repetido de la presencia del adulto, del Otro de los cuidados?

Cuando un bebé aprende demasiado pronto que debe arreglárselas solo, puede parecer “muy bueno”, “muy tranquilo”, “muy independiente”. Pero esa independencia precoz no siempre es madurez; a veces es adaptación defensiva a un falta de vínculo seguro, a la construcción de un apego evitativo, ansioso o desorganizado.

La regulación óptima no es la autosuficiencia temprana, sino la co-regulación: el bebé se calma con ayuda del adulto, y progresivamente internaliza esa experiencia.

5. El papel del contacto corporal

Un bebé de dos meses necesita cuerpo. Necesita ser sostenido, no sólo transportado.

El cochecito es útil. El paseo es práctico. Pero no sustituyen sistemáticamente el contacto piel con piel, el sostén en brazos, el balanceo rítmico acompañado de voz.

Tomar al bebé en brazos cuando el llanto escala no es “malcriar”. Es ofrecer el andamiaje fisiológico que su sistema nervioso aún no posee.

La ciencia del apego lo confirma: la regulación emocional en los primeros meses es fundamentalmente interpersonal.

6. El objeto tecnológico como pseudo-solución

Colocar un smartphone sobre un bebé de dos meses no tiene función reguladora real.

A esa edad:

  • No comprende la imagen.
  • No puede manipular el dispositivo.
  • No obtiene consuelo simbólico y afectivo de él.

El objeto tecnológico puede calmar a un adulto (reduce su incomodidad ante el llanto), pero no calma ni atiende al bebé.

Aquí conviene ser nítidos: los dispositivos no deben convertirse nunca en sustitutos de la presencia del Otro. Cuanto antes se instalan como recurso automático, más se empobrece el circuito vincular y relacional.

¿Significa esto que hay que responder siempre de inmediato?

No.

La crianza no requiere perfección ni disponibilidad absoluta. Los bebés toleran pequeñas demoras. Incluso necesitan pequeñas frustraciones para desarrollarse.

Lo importante no es la inmediatez matemática, sino la consistencia global:

  • Que la mayor parte de las veces el llamado encuentre respuesta afectiva y cálida.
  • Que el adulto pueda mentalizar lo que ocurre.
  • Que haya momentos claros de contacto pleno; de no sólo estar por sino también de estar con el bebé, hijo, hija…

Una madre o un padre no tiene que abandonar toda conversación al primer gemido.
Pero sí conviene que, cuando el llanto escala, el bebé experimente una respuesta implicada y diferenciada.

¿Qué conviene y qué no conviene?

Conviene:

  • Mirar al bebé cuando llora.
  • Nombrar lo que creemos que puede estar ocurriendo.
  • Tomarlo en brazos si el llanto aumenta.
  • Reducir estímulos cuando está sobrepasado.
  • Priorizar la regulación compartida frente a la distracción.

No conviene:

  • Minimizar sistemáticamente el llanto.
  • Interpretarlo siempre como un “tiene sueño” sin verificar.
  • Sustituir contacto por objetos.
  • Mantener la atención principal en un móvil, u otro dispositivo, mientras el bebé escala en malestar.
  • Normalizar que “ya se cansará y se dormirá”.

9. La pregunta decisiva

La crianza temprana no se juega en la perfección técnica, sino en algo más simple:

¿El bebé se siente tenido en cuenta cuando llama?

Eso no se mide en minutos, sino en calidad de presencia.

Un bebé que experimenta repetidamente que su malestar encuentra un adulto disponible construye:

  • mayor seguridad,
  • mejor regulación emocional futura,
  • más confianza en el vínculo.

Un bebé que debe arreglárselas de forma sistemática puede adaptarse, pero esa adaptación suele tener un coste en forma de hiperactivación o desconexión.

En definitiva, lo verdaderamente importante

En los primeros meses de vida, lo esencial no es:

  • que el bebé duerma muchas horas,
  • que no moleste en el espacio social,
  • que sea “fácil”.

Lo esencial es que pueda experimentar que:

  • su llanto, sus reclamos, su demanda tiene efecto,
  • su presencia importa,
  • alguien interrumpe algo por él.

Eso construye el fundamento invisible sobre el que más tarde se apoyará su autonomía real.

Todo lo demás puede esperar al menos unos minutos.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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