Muchas parejas llegan a consulta con una frase parecida a esta:
“Mi pareja me atrae, pero desde hace un tiempo nunca tengo ganas de sexo.”
Lo primero que conviene aclarar es algo fundamental: no siempre estamos ante una crisis de amor ni ante una pérdida real de atracción. En muchos casos, lo que ha desaparecido no es el deseo, sino el espacio donde ese deseo puede aparecer.
El problema puede no ser la pareja
De lunes a viernes —y a veces también el fin de semana— la vida se convierte en una carrera continua:
- Trabajo.
- Crianza.
- Tareas domésticas.
- Logística.
- Compromisos.
- Gestión constante.
Todo funciona. Todo está organizado. Todo sale adelante.
Pero en esa eficiencia total hay algo que suele quedar fuera: el tiempo inútil. El tiempo sin objetivo. El tiempo donde no hay que cumplir.
Y el deseo no nace en la agenda. Nace en el intervalo.
Cuando uno se borra de su propia vida
Muchas personas describen algo muy preciso:
“Yo mismo no cuento en mi día a día.» «Yo misma estoy borrada de mi vida.”
Es decir, que si no hay ganas de sexo, no significa que no quieran a su pareja.
Significa que se han convertido exclusivamente en función: madre, padre, profesional, organizador, responsable.
Cuando vivimos sólo desde el deber, el deseo queda desplazado. No porque no exista, sino porque no tiene lugar donde alojarse.
El erotismo, así como cualquier placer, necesita:
- Cierta lentitud.
- Mirarse sin prisas.
- Reír.
- Tocarse sin finalidad inmediata.
- Sentir que no todo está al servicio de algo.
Si todo está al servicio de la eficacia familiar, el cuerpo para gozar deja de estar disponible.
El malentendido más frecuente
En muchas parejas ocurre esto:
Uno pregunta:
“¿Ya no te gusto?”
El otro piensa:
“Pero, si no puedo con mi vida.”
Aquí aparece un malentendido profundo.
Quien pregunta lo vive como falta de deseo hacia su persona.
Quien responde lo vive como agotamiento, exigencia y saturación.
No es rechazo. Es sobrecarga.
Y es que la familia no puede ocuparlo todo
En la cultura actual existe una fuerte exigencia de hacerlo todo bien:
- Ser buenos padres.
- Estar presentes.
- Organizar bien la casa.
- Cumplir profesionalmente.
- Mantener vida social.
Pero cuando la familia se convierte en el centro absoluto y la pareja pasa a ser únicamente una sociedad logística, el erotismo se resiente.
La pareja necesita un espacio que no sea solo familiar.
Un espacio que no esté organizado alrededor de los hijos ni de las tareas.
Si todo es familia, nada es nada más, nada puede ser pareja.
El deseo no responde al deber
El deseo no funciona como una obligación.
No aparece porque “toca”, porque se agenda.
No se activa por presión.
De hecho, cuanto más se convierte el sexo en una prueba de amor o en una exigencia, más difícil resulta que aparezca espontáneamente.
El deseo necesita algo muy concreto: margen.
Margen para que el otro vuelva a ser alguien que miro, a quien veo y reconozco, no solo alguien con quien gestiono la vida.
El valor de no hacer nada, de lo inútil
Algunas parejas intuyen algo importante cuando dicen:
“Necesitamos un día sin planes.”
Ese “día de nada” no es pasividad. Es una forma de recuperar:
- Ritmo lento.
- Conversación sin objetivo.
- Contacto sin prisa.
- Mirada sin interrupciones.
- Diversión espontánea.
En esos momentos, muchas personas descubren que el deseo no había desaparecido. Solo estaba tapado por el ruido.
La pregunta importante
No es:
“¿Por qué no tengo ganas?”
Son otras:
- ¿Hay espacio para que yo no esté siempre en modo funcional, práctico?
- ¿Hay tiempo donde no estemos resolviendo?
- ¿Nuestra relación tiene un lugar propio o solo compartimos responsabilidades?
Cuando la vida se vuelve completamente productiva, el deseo se apaga.
No porque haya desamor, sino porque no hay espacio para contactar con la falta, con lo que hace falta, con lo que se echa de menos o hace ilusión, anima o apasiona.
Y el deseo necesita precisamente eso:
un poco de aire entre tarea y tarea,
entre rol y rol,
entre uno y otro.
A veces, recuperar el erotismo no implica cambiar de pareja.
Implica cambiar el modo en que organizamos la vida.
Porque el deseo no sobrevive en la prisa constante y la falta de tiempo.
Pero reaparece cuando volvemos a estar realmente presentes en nuestras vidas y en las del otro, para el otro y con el otro.








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