Soy una pornógrafa es la elegante primera novela de S. Vogel, cuya existencia —como la propia autora reconoce— se apoya en la labor de muchas artistas, activistas y comunidades con las que ha colaborado. No es un debut ingenuo: es una escritura nacida de una genealogía colectiva, pero que asume la radical soledad desde la que se articula cualquier verdad íntima.
El texto se construye sobre un eje central que atraviesa la narración como una línea de fisura:
“Aún no había vuelto. […] Mi padre era una red de seguridad. Con él aún podía ser una niña. Siempre podía decir que la vida que llevaba era pura fachada.”
La novela entera parece escribirse desde ese “antes”, ese olor persistente de un tiempo donde aún había un Otro protector. Todo lo que ocurre después —los cuerpos, las prácticas, las fantasías, la exploración del poder y de la exposición— se sitúa bajo la sombra de esa red perdida. No es casual que el duelo aparezca como una isla desierta “en la que cuesta mirar a lo lejos”: la pérdida, aquí, no es un hecho sino un clima.
Hay momentos de una delicadeza inesperada, como cuando el simple acto de conducir se convierte en una suspensión casi mística:
“Cuando estaba al volante, no me hacía falta nada más […] En las otras vidas que había en la carretera.”
Ese modo de mirar el mundo —en una especie de trance atento, minucioso— es el mismo con el que la narradora observa el deseo, propio y ajeno, incluso cuando ese deseo adopta formas extremas. El libro no busca provocar, ni romantizar lo sádico, ni psicoanalizar a sus personajes: se limita a mostrar la compleja arquitectura del sometimiento cuando nace del consentimiento, la necesidad o la fantasía.
En esa zona fronteriza, Vogel despliega escenas que obligan al lector a enfrentarse a la intimidad más cruda del otro. Correos donde se narra la textura del semen con precisión culinaria; orgasmos interrumpidos con un gesto casi despreocupado; la liturgia verbal del que ruega:
“Quiero someterme a ti.”
“Muéstrame lo inferior que soy.”
Orly —quizá uno de los personajes más inquietantes del libro— exige detalles, excava en la memoria de quienes acuden a ella para encontrar “la primera vez” en que sintieron el deseo de someterse. Los mece, literalmente, hasta que bajan la guardia. Es un gesto que oscila entre lo maternal y lo manipulador, entre la cura y la trampa. Ahí radica parte de la potencia de la novela: nada es unívoco, nada es limpio.
El clímax emocional no está en lo explícito, sino en esa plegaria del narrador sumiso:
“Deseaba servir a una Diosa […] Quería que Ella me desarmara.”
La novela muestra el deseo en su versión más desnuda —no pornográfica, curiosamente—, aquella en la que el sujeto pide ser tocado en el punto exacto donde sabe que puede desmoronarse.
Vogel escribe con una precisión que evita el moralismo tanto como la complacencia. No busca escándalo, sino verdad; y la verdad, en su libro, es siempre un poco obscena, porque obliga a hacerse cargo de aquello que el sujeto quisiera mantener a resguardo incluso de sí mismo.
Soy una pornógrafa es, al final, una investigación narrativa sobre el poder, la pérdida, el cuerpo y la voz. Una primera novela sorprendente por su madurez, que no pretende resolver nada, pero que ilumina —con una honestidad a veces devastadora— las zonas donde el deseo deja de ser un entretenimiento y se convierte en destino.








0 comentarios