Hay películas que envejecen mal, como ciertos amores que al cabo de los años revelan la fragilidad de lo que prometían eterno. Cinema Paradiso, sin embargo, envejece demasiado bien, y tal vez justamente ahí reside su peligro. Uno corre el riesgo de confundir su nostalgia con la verdad, de tomar por memoria aquello que sólo es un artificio delicadamente construido para consolarnos. Y, sin embargo, es imposible no ceder.
Giuseppe Tornatore filmó una historia que aparenta ser sencilla: un hombre que regresa a su pueblo para despedir a quien fue una figura decisiva en su infancia. Pero la sencilla narración es una trampa: lo que verdaderamente se despliega es una elegía al deseo de permanecer donde ya no se puede —el deseo de regresar a aquello que nunca fue como lo recordamos. Cinema Paradiso es un recordatorio de que la pérdida es la arquitectura secreta de toda vida.
El cine del pequeño pueblo es un vientre luminoso donde los cuerpos se apiñan y la vida suspende su brutalidad por un instante. Allí la pantalla ofrece algo más que historias: ofrece la ilusión de que existe un lugar donde finalmente se puede ser. Para Totó, el niño protagonista, ese lugar fue la cabina donde Alfredo proyectaba películas recortadas por la censura del cura, quien hacía sonar la campanilla cada vez que el deseo amenazaba con perturbar la moral del pueblo. La ironía resulta magnífica: es justamente esa represión —esos trozos mutilados— lo que luego constituirá el tesoro más valioso que Alfredo deja a Totó, convertido en cineasta adulto.
Tornatore parece decirnos que toda iniciación al mundo pasa por un corte: la infancia es sacrificada, el amor se pierde, los maestros mueren. El viaje iniciático de Totó es el viaje de cualquiera que ha debido abandonar aquello que más amaba para poder convertirse en sujeto. Alfredo lo sabía, y por eso su mandato —“Vete. Esta tierra es demasiado pequeña para lo que tú estás llamado a ser”— no es una bendición, sino una sentencia. No hay retorno sin tragedia.
El final, uno de los más conmovedores del cine contemporáneo, no opera por la vía del sentimentalismo fácil, sino por la precisión de un gesto: la proyección de todos los fragmentos censurados, unidos para celebrar aquello que siempre fue expulsado. Los besos prohibidos. El erotismo amputado. El amor imposible. Lo que vuelve para decir: esto es lo que perdiste, y gracias a perderlo llegaste a ser quien eres.
Cinema Paradiso nos enfrenta a una verdad incómoda: la nostalgia no es refugio, sino tumba. El cine no sirve para conservar el pasado, sino para permitirnos llorarlo. Tornatore construye un monumento a la memoria como herida, y nos invita a entender que ninguna vida íntegra se escribe sin mutilaciones.
Por eso, quizá, cuando las luces vuelven a encenderse, uno siente esa mezcla extraña de gratitud y dolor, como quien sale de una sesión analítica demasiado honesta. Algo se ha roto, y sin embargo eso que se rompe es lo único que podría verdaderamente sostenernos.








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