Y a lo mejor contarlo. Cómo recuperar el eros
octubre 02, 2025
Y a lo mejor contarlo. Cómo recuperar el eros

Vivimos en la era del “ya no se hace así”, del silencio aprendido, de la renuncia tácita al deseo bajo el peso de lo esperable. Y a lo mejor contarlo, de María Acaso, es un estallido de sinceridad en medio de ese horizonte domesticado. No es un manifiesto académico frío ni un ensayo desprovisto de pulso: es autoficción académica, es la historia de Verónica, una mujer que había olvidado su eros, resignada a una depresión silenciosa, hasta que decide narrarse, confrontarse, recuperar lo que parecía perdido y descubrir que la libertad, el placer y lo transgresor estaban ahí, arrinconados, esperando una reivindicación.

Acaso abre la obra con algo que debería resultarnos familiar pero que casi nunca lo es: el eros descuidado, el cuerpo desatendido, el silencio interior que muchas llevan sin nombre. Verónica —o el narrador, que al contarse juxtapone sus lecturas, sus deseos, sus conflictos— camina en una doble vía: la recuperación íntima y la ruptura con lo que la sociedad heteropatriarcal espera de ella. No es un camino lineal ni cómodo. En ese tránsito late la pregunta: ¿cuánto de lo que vivimos está dictado por la necesidad de encajar, de no molestar, de no mostrarnos demasiado, de no crear sobresalto? Y, sobre todo, ¿cómo se cuenta eso cuando parece que los otros no están preparados para escucharlo?

El libro combina teoría y vida. Acaso invita a recorrer lecturas feministas —Virginie Despentes, Betty Friedan, Sara Ahmed, Vasallo— no como adorno erudito, sino como compañeras de viaje, como espejos. Verónica dialoga con estas autoras, las incorpora, las desdice, las abraza. Eso le permite construir, al mismo tiempo, una escritura que no se limita a relatar, sino que se constituye como espacio de resistencia. En esas páginas están la menopausia gozosa, la contratación de trabajo sexual, los beneficios terapéuticos del MDMA: fragmentos de vida que convencen de que hay muchas formas de habitar el cuerpo, muchas maneras de subvertir el mandato del silencio.

Lo que impresiona no es solo lo que Verónica cuenta, sino cómo lo hace. La prosa poética de Acaso tiene una tensión constante entre lo íntimo y lo ético. Hay belleza incluso en la confesión de lo que duele, pero no hay complacencia. Cuando describe una escena de placer transgresor, una caída, un abandono, lo hace sin edulcorar, reconociendo las sombras. En esa tensión reside la lucidez del libro: no hay redención garantizada, pero se sabe que hay otra vida posible, aunque incierta, fragmentaria, imperfecta.

Desde el punto de vista clínico, Y a lo mejor contarlo puede entenderse como una cura narrativa. Verónica, al dar nombre a su depresión invisible, al erotismo olvidado, al deseo herido, al cuerpo que ha sido espectador de su propia anulación, llega a situarse fuera del guion que se esperaba para ella. No le bastan las palabras de consuelo, ni las promesas de normalidad; quiere vivir radicalmente, esto es, con gozo, responsabilidad subjetiva, incluso riesgo. Y lo más importante: quiere contarlo. Porque contar —escribir, hablar, mostrar— resulta una forma de afirmación, una manera de reivindicar que se puede existir en otra clave.

El libro no evita las contradicciones. Hay culpa, hay tensión entre lo que se desea y lo que se puede, entre lo que nos han enseñado a callar y lo que anhelamos gritar. Y también hay la sombra de lo que otros puedan pensar, rechazar, juzgar. Esa sombra es parte inseparable del relato, y Acaso la atraviesa con honestidad. Verónica no se presenta como heroína sino como una mujer que tropieza, que duda, que teme. Desde esa fragilidad se eleva la fuerza del texto.

Lo que hace que Y a lo mejor contarlo resuene más allá del lector feminista es que toca una herida colectiva: la del eros domesticado, la de la sexualidad sin palabra, la de los cuerpos que han sido enseñados a obedecer. Casi todos conocemos, aunque no lo confesemos, esa voz interior de autoengaño —“no es para mí”, “ya no me quedará”, “mejor que no moleste”— que acalla lo que late. Acaso nos recuerda que vivir no es simplemente cumplir un rol, sino arriesgar la vida propia.

Al terminar el libro, queda una pregunta que no se disipa: ¿cuántas vidas se han apagado en silencio porque nunca supimos contarlas? Y a lo mejor contarlo no tiene una sola respuesta definitiva, pero nos invita a ser testigos, y a veces protagonistas, de lo que durante mucho tiempo se creyó indecible.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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