Algunos libros infantiles no lo son en absoluto. O, mejor dicho, son infantiles en el único sentido verdadero de la palabra: se atreven a hablarle al niño interior que sobrevive en cada adulto, a ese que sabe que la vida es un enigma y que el tiempo no se mide con relojes, sino con la intensidad de los encuentros. Momo, publicado en 1973, es uno de esos textos que atraviesa generaciones. Bajo el ropaje de un cuento para jóvenes, Michael Ende escribió una de las más sutiles críticas a la modernidad y, al mismo tiempo, una fábula psicoanalítica sobre el sentido del tiempo, la escucha y el vínculo.
Momo es una niña sin pasado ni origen claro. Vive en un anfiteatro en ruinas, en los márgenes de la ciudad. Su singularidad no radica en lo que posee, sino en lo que sabe hacer: escuchar. Ese don, que parece tan insignificante, se revela como la capacidad más rara y poderosa de todas. Porque quien escucha de verdad transforma al otro: le permite ser, le ofrece un lugar donde su palabra cobra existencia. En la figura de Momo se dibuja, con ternura y precisión, aquello que la clínica psicoanalítica enseña: la necesidad de un Otro que sostenga con su silencio, que no interrumpa con juicios ni consejos, sino que permita que el sujeto se despliegue.
Frente a ella, los Hombres Grises. Funcionarios del tiempo, seres sin rostro propio, fumadores compulsivos de un tabaco helado, vampiros que roban a los hombres su bien más íntimo: las horas de vida. Su poder no radica en la violencia física, sino en una lógica de seducción. Convencen a las personas de que el tiempo se puede ahorrar, de que cada minuto debe invertirse en productividad y eficiencia. La trampa es perfecta: al ahorrar tiempo, los hombres lo pierden. Se vuelven esclavos de un futuro que nunca llega, olvidando el presente donde se juega la vida.
La parábola es evidente y, sin embargo, nunca deja de ser actual. Ende no habla solo de una burocracia sin alma o de un capitalismo voraz. Habla de la estructura misma de un malestar moderno: la sustitución del tiempo vivido por el tiempo contabilizado, la ilusión de que la existencia puede organizarse como una cuenta bancaria. En este sentido, Momo se adelanta a una crítica que hoy resuena con fuerza: la del sujeto atrapado en la tiranía de la inmediatez, del rendimiento, de la acumulación vacía.
El contrapunto entre Momo y los Hombres Grises revela una dialéctica esencial: o el tiempo se habita en compañía, en la narración compartida, en el juego y la amistad, o se convierte en pura mercancía, en un desierto donde el vínculo se evapora. La niña sin posesiones es, paradójicamente, la única capaz de devolver a los demás su riqueza: su propio tiempo. Los grises, en cambio, representan lo inhumano en estado puro: lo que resta, lo que seca, lo que anula toda diferencia.
Uno de los momentos más intensos de la narración es la irrupción del Maestro Hora, figura enigmática que custodia el tiempo de todos los hombres. Su intervención muestra que el tiempo no pertenece al sujeto como propiedad privada, sino que es un don, una herencia que se renueva en cada instante. Lo que se juega en Momo es, pues, una pregunta radical: ¿qué hacemos con el tiempo que nos ha sido confiado? Ende responde sin moralismos: el tiempo solo existe en el encuentro con los otros, en la atención, en el cuidado, en la posibilidad de detenerse.
El libro tiene la virtud de hablar tanto al niño como al adulto. El niño lo recibe como una aventura, con héroes y villanos; el adulto lo reconoce como una parábola inquietante sobre su propia vida apresurada. Y en ambos casos, deja una marca. Quizás porque nos recuerda que el bien más precioso no es el que se acumula, sino el que se comparte.
Hay un detalle que resulta particularmente conmovedor: Momo, al escuchar, no ofrece soluciones ni recetas. Solo presencia. Esa presencia es suficiente para que los demás descubran sus propias palabras, sus propios deseos. Aquí el relato toca el nervio del psicoanálisis: cuando falta la escucha, el sujeto se extravía en un discurso ajeno; cuando alguien lo acoge, aunque sea con silencio, el sujeto puede empezar a existir.
Momo no es un cuento ingenuo. Es, en el fondo, una tragedia moderna disfrazada de fábula infantil. La lucha entre una niña indefensa y una maquinaria anónima muestra la precariedad de nuestra condición humana. No hay garantías de victoria. Y, sin embargo, Ende deja abierta la posibilidad de resistir: basta con recordar que el tiempo no es una propiedad, sino un don, y que se hace real en la medida en que lo compartimos.
Al cerrar el libro, uno queda con una mezcla de nostalgia y lucidez. Nostalgia por el tiempo perdido en ocupaciones vanas; lucidez por la certeza de que aún es posible recuperar algo si volvemos a escuchar, si nos permitimos detenernos, si aceptamos que la vida se mide no en minutos, sino en momentos que nos transforman.








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