El llamado trastorno disfórico premenstrual (TDPM) ha ido ganando presencia en manuales diagnósticos como el DSM-5-TR, consultas médicas y conversaciones cotidianas. Se describe como un conjunto de síntomas emocionales, conductuales y físicos que aparecen de forma recurrente en los días previos a la menstruación y que desaparecen poco después de que esta comienza. Tristeza intensa, irritabilidad, ansiedad, cansancio extremo, dificultad para concentrarse o sensación de desbordamiento son algunos de los signos que se enumeran.
Nombrar el malestar puede tener un efecto tranquilizador. A muchas mujeres les alivia saber que lo que les ocurre “tiene nombre” y no es una debilidad personal. Sin embargo, cuando ese nombre se convierte demasiado rápido en una explicación cerrada, conviene detenerse y hacerse algunas preguntas. No para negar el sufrimiento, sino para comprenderlo y atenderlo mejor.
Describir no es comprender
Los manuales diagnósticos actuales, DSM y CIE, describen el TDPM con gran precisión: cuántos síntomas deben aparecer, durante cuántos días, en qué fase del ciclo y con qué intensidad. Todo está bien delimitado. Sin embargo, describir con detalle no equivale necesariamente a comprender.
Saber qué ocurre no es lo mismo que saber por qué ocurre en esa persona concreta. Dos mujeres pueden cumplir exactamente los mismos criterios y, sin embargo, vivir algo profundamente distinto. El diagnóstico no recoge la historia personal, las relaciones afectivas, los conflictos vitales ni el momento de vida en el que aparece el malestar. Y sin esos elementos, la comprensión queda incompleta y la atención inadecuada.
El riesgo de convertir el sufrimiento en aritmética
Uno de los rasgos más llamativos del TDPM es su lógica cuantitativa: se necesitan al menos cinco síntomas de una lista, combinados de una determinada manera, durante una ventana temporal precisa. Este enfoque tiene una ventaja: facilita el consenso entre profesionales. Pero también tiene un coste.
Cuando el sufrimiento se convierte en una suma de síntomas, se pierde algo esencial: el sentido. No se pregunta por qué aparece esa tristeza concreta, esa irritabilidad dirigida a alguien específico, ese cansancio que surge en un momento determinado de la vida. Se contabiliza, pero no se escucha.
El riesgo es que la persona empiece a verse a sí misma como un conjunto de síntomas que hay que vigilar, registrar y corregir, en lugar de como alguien que atraviesa un conflicto que pide ser entendido.
El cuerpo no es solo biología
El TDPM se apoya en gran medida en una explicación hormonal. El ciclo menstrual se presenta como la causa principal del malestar. Sin negar la influencia del cuerpo y de los cambios fisiológicos, reducir la experiencia a la biología es simplificarla en exceso.
El cuerpo humano no es solo un organismo que funciona por ciclos. Es también un cuerpo vivido, atravesado por emociones, afectos, relaciones, expectativas y conflictos. Hay momentos del ciclo en los que el cuerpo se vuelve más sensible, más vulnerable, más expuesto. Pero esa sensibilidad no produce siempre lo mismo, ni en todas las mujeres, ni en todos los momentos de la vida.
El mismo cuerpo puede reaccionar de formas muy distintas según lo que esté en juego: una relación que no funciona, un duelo no elaborado, una maternidad ambivalente, una exigencia de rendimiento constante o una sensación de pérdida de sentido.
¿Cuándo el afecto se volvió un problema?
Muchos de los síntomas centrales del TDPM son afectivos: tristeza, irritabilidad, ansiedad, sensibilidad al rechazo. La pregunta es inevitable: ¿desde cuándo sentir intensamente se ha convertido en un trastorno?
Vivimos en una cultura que valora la estabilidad emocional, la productividad constante y el autocontrol. En ese contexto, cualquier variación emocional que se repita y moleste puede ser vivida como un fallo. Pero no todo afecto intenso es patológico. A veces es una señal de que algo no está bien en la vida de la persona, no en su cuerpo.
Convertir el afecto en síntoma puede llevar a medicalizar conflictos que necesitarían otro tipo de escucha.
El criterio de “interferencia”: ¿interferir con qué?
Para que exista diagnóstico, los síntomas deben interferir de forma significativa en el trabajo, las relaciones o la vida social. Este criterio parece razonable, pero encierra una norma implícita: lo problemático es aquello que impide funcionar como se espera.
Cabe preguntarse si el problema está siempre en el malestar o, a veces, en las exigencias de adaptación permanente. No todo lo que interrumpe la productividad es una enfermedad. A veces es una señal de que algo necesita ser revisado.
Medir no es escuchar
El uso de registros diarios y escalas de evaluación pretende aportar objetividad. Sin embargo, como ya hemos dicho, medir el malestar no equivale a comprenderlo. Llevar un registro puede ayudar a detectar patrones, pero también puede reforzar una relación vigilante con uno mismo, centrada en comprobar si los síntomas están o no están.
El riesgo es que el sufrimiento se convierta en un dato y pierda su dimensión humana. Que se confirme el diagnóstico, pero no se elabore la experiencia.
Cuando el diagnóstico se parece demasiado a otros
El propio manual reconoce que el TDPM se solapa con depresión, ansiedad, trastornos del estado de ánimo o problemas de personalidad. Esta dificultad para diferenciarlo con claridad plantea una cuestión importante: quizá no estamos ante una entidad clínica bien delimitada, sino ante una forma de nombrar ciertos malestares que no encajan fácilmente en otras categorías.
Cuando un diagnóstico se parece demasiado a muchos otros, conviene preguntarse si explica algo nuevo o simplemente reorganiza lo que ya conocemos con otro nombre.
Lo que no aparece: la historia personal
En toda la descripción del TDPM hay una ausencia notable: la historia de la mujer que sufre. No se habla de sus vínculos, de su deseo, de su relación con la maternidad, con la pareja, con el paso del tiempo o con las pérdidas.
Y, sin embargo, en la clínica real, esos elementos suelen ser decisivos. El malestar no aparece en el vacío. Tiene un contexto, un sentido, una función. A veces vuelve una y otra vez porque hay algo que no ha podido decirse de otra manera.
El diagnóstico puede aliviar… y también cerrar
Poner nombre al sufrimiento puede aliviar, legitimar y dar descanso. Eso no debe minimizarse. Pero también puede cerrar demasiado rápido la pregunta por el sentido. Si todo queda explicado por el ciclo, ya no hay nada más que explorar.
El riesgo no es el diagnóstico en sí, sino que se convierta en la única lectura posible.
Una posición distinta: no negar el malestar, pero tampoco clausurarlo
El malestar premenstrual existe y puede ser muy intenso. Negarlo sería injusto. Pero reducirlo a un trastorno homogéneo, igual para todas, explicado solo por la biología, empobrece la comprensión y limita las posibilidades de abordaje.
Escuchar qué ocurre en ese momento concreto del ciclo, qué se intensifica, qué se vuelve intolerable, qué relación tiene con la vida de la persona, abre un espacio distinto. Un espacio donde el síntoma no es solo algo que hay que eliminar, sino algo que puede decir algo importante.








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