Muchas parejas llegan a consulta preocupadas por lo que llaman “falta de ganas” de una de las partes. A menudo lo viven como un problema que hay que arreglar cuanto antes, casi como si se tratara de un interruptor que alguien —la pareja, un terapeuta, una técnica— pudiera volver a encender. Sin embargo, el deseo no funciona así, y pensar que sí suele generar más presión, más frustración y, paradójicamente, aún menos ganas.
Lo primero importante es distinguir entre deseo y obligación. El deseo no responde bien a los mandatos, ni siquiera a los bienintencionados. Cuando el sexo se convierte en algo que “hay que hacer” para que la relación funcione, para no decepcionar al otro o para evitar conflictos, el cuerpo suele reaccionar cerrándose. No porque esté fallando, sino porque está diciendo algo.
El deseo no se fabrica ni se exige
Nadie puede “activarte” las ganas desde fuera. Ni la pareja con más seducción, ni el o la mejor profesional, ni la técnica más sofisticada. El deseo no aparece por exigencia ni por estímulo forzado. De hecho, cuanto más se insiste, más puede retirarse.
Esto no significa que el contexto no importe. Importa, y mucho. El cansancio, el estrés, la falta de descanso, la sobrecarga mental o emocional, el clima de la relación… todo eso influye. Pero incluso en el mejor contexto, el deseo no responde a la lógica de la voluntad. No aparece porque “toca”, sino cuando encuentra un espacio donde no se siente obligado.
Por eso, muchas veces, los intentos de seducción vividos como presión —“yo hago todo y tú no respondes”— no acercan, sino que alejan. El cuerpo no se abre cuando se siente examinado o exigido.
Una pregunta clave: ¿para qué quiero volver a tener ganas?
Antes de intentar “recuperar” el deseo, conviene hacerse una pregunta honesta:
¿Para qué quiero hacerlo? Porqué echo de menos el disfrute, la conexión y el placer, ¿o para tranquilizar a mi pareja, evitar conflictos o cumplir con una expectativa?
No es lo mismo. Cuando el objetivo es calmar al otro o sostener la relación a cualquier precio, el sexo pierde su dimensión viva y se transforma en una tarea. Y ahí, de nuevo, el deseo suele desaparecer.
Cuidar el vínculo no significa forzarse. La intimidad no se protege sacrificando el propio cuerpo, sino escuchándolo.
Recuperar una relación propia con el deseo
En muchas personas —especialmente mujeres, aunque no solo— la vida erótica ha quedado durante mucho tiempo en manos ajenas: de la pareja, de los discursos sobre cómo “se debería” disfrutar, del mito de que si alguien te ama sabrá automáticamente cómo satisfacerte.
Pero el deseo necesita un espacio propio. No nace solo en la relación, sino también en la forma en que cada persona se relaciona consigo misma y con la vida. Esto incluye:
- tener contacto con lo que despierta curiosidad, la pasión, placer o interés,
- permitirse fantasías sin juzgarlas,
- recuperar una mirada más libre, menos «correcta», menos domesticada,
- cuidar el descanso, el cuerpo y los espacios de disfrute que no están orientados a rendir.
Si una persona no tiene acceso a su propio mundo erótico, es muy difícil que lo comparta con otro. Nadie puede hacer ese camino por él o ella.
Ahora bien, esto no significa convertir el deseo en una nueva obligación: “tengo que trabajarme”, “tengo que fantasear”, “tengo que volver a desear”. El deseo tampoco aparece cuando se lo persigue como un objetivo más. Necesita tiempo, permiso y, sobre todo, ausencia de exigencia.
La pareja no es una garantía del deseo
Una relación estable, cuidada y amorosa no asegura el deseo sexual. El amor y el deseo no siempre van al mismo ritmo. A veces, cuanto más segura y conocida se vuelve la relación, más difícil es que aparezca la chispa erótica. Esto no significa que la pareja esté rota ni que alguien esté fallando. Significa que el deseo necesita también distancia, alteridad, algo que no esté del todo sabido o explorado.
Por eso, la solución no pasa solo por “hablarlo más” o “hacer más cosas juntos”, sino por revisar cómo se vive el vínculo:
¿hay espacio para ser alguien distinto a lo que el otro espera?,
¿hay margen para no cumplir, para no responder, para no estar siempre disponible?
El deseo necesita libertad. Y la libertad incluye poder decir que no sin sentirse culpable.
No siempre hay que “arreglar” la falta de ganas
A veces, no tener deseo es una forma de respuesta. Puede estar señalando un agotamiento, una insatisfacción, una dinámica que ya no funciona, o simplemente una etapa vital distinta. Escuchar eso suele ser más fecundo que intentar taparlo con soluciones rápidas.
El verdadero trabajo no consiste en forzarse a volver a desear, sino en entender qué está diciendo esa ausencia y qué lugar ocupa en la historia personal y de la pareja.
Cuando el deseo deja de ser una obligación y vuelve a tener espacio para aparecer —o no—, paradójicamente, es cuando tiene más posibilidades de regresar.








0 comentarios