El respeto mal entendido: crianza sin fronteras y la crisis de la función parental
noviembre 06, 2025
El respeto mal entendido: crianza sin fronteras y la crisis de la función parental

Introducción — contexto histórico, cultural y causas profundas

Vivimos una época que celebra el reconocimiento de la subjetividad infantil: una victoria ética indudable frente a modelos autoritarios del pasado. La noción de que el niño es sujeto de derechos, de deseo y de voz ha marcado una transformación legítima frente a modelos de crianza rígidos, punitivos o paternalistas. Sin embargo, esta conquista ha venido acompañada de una paradoja: muchos de los discursos contemporáneos sobre crianza respetuosa se han convertido en un espejismo que confunde libertad con ausencia de límite real, igualdad con indistinción generacional, amor con fusión.

Para entender esta situación conviene remontarse a las raíces culturales del fenómeno. En la segunda mitad del siglo XX y con fuerza en las últimas décadas, se ha difundido un paradigma basado en el bienestar individual, la autonomía personal y la satisfacción inmediata del deseo. Este paradigma, ligado al neoliberalismo emocional, proclama que el sujeto debe ser libre para “decidir”, que el sufrimiento debe evitarse a toda costa y que la autoridad se identifica con imposición injusta. En este contexto, la figura adulta parental se ve tensionada: debe ser amigo, guía, testigo y facilitador, pero rehuye expresamente todo trazo de función que se pueda etiquetar como “autoritaria”.

Además, la psicología popular y muchos medios han hecho creer (por ejemplo) que frustrar a un niño es hacerle daño, que enfadarlo es una forma de chantaje emocional y que lo correcto es negociar siempre, en nombre del respeto. El problema es que, con esa idea, muchos padres y madres —aunque lo hagan con la mejor intención— dejan de ocupar el lugar del que pone límites, del que enseña lo que está bien y lo que no, del que sostiene la frustración funcional sin miedo a que el niño se enfade. Quieren sobre todo ser queridos, aceptados y estar siempre disponibles, sin asumir el malestar que implica decir “no”, orientar, delimitar, construir.

Así, la verdadera función de los padres —que es ayudar al niño a entender la complejidad del mundo y que no todo se puede, que el deseo tiene límites y que hay una diferencia entre generaciones— se va perdiendo. Y cuando eso ocurre, los niños no se vuelven más libres: se quedan sin orientación, sin marco, sin una referencia que les ayude a construir su propio lugar. Entonces, el cuerpo, las conductas o los síntomas empiezan a hablar por ellos, diciendo con hechos lo que no pudieron expresar con palabras.

¿Qué está pasando? — estilo de crianza, lo que se hace y lo que no se hace

En la práctica, muchos padres y madres adop­tan un estilo de crianza que se caracteriza por:

  • Consultar excesivamente al niño sobre decisiones que requieren madurez, por ejemplo: horarios, consumo, elección de actividades, negociación constante de normas.

  • Evitar sistemáticamente la frustración: se accede a deseos inmediatos (que en realidad son impulsos), se minimizan inconsistentemente los “no”, se teme al enfado o agresión del niño y se interpreta toda protesta como expresión emocional digna de validación sin límite ni criterio a largo plazo.

  • Interpretar la autoridad como imposición moral o moralizante: “no quiero ser un padre autoritario”; “quiero que me quiera naturalmente”.

  • Priorizar la disponibilidad sin resto, sin excepción: el adulto está siempre presente, siempre accesible, como si su deseo personal quedase supeditado al bebé, al niño, al adolescente.

  • Confundir respeto con no intervenir lleva a muchos padres a evitar el “no”, a no poner siquiera un límite físico cuando su hijo les agrede. Pero al no hacerlo, sin querer le enseñan que el otro no existe como límite y que todo está permitido, sin consecuencias que le importen. Así, el niño no gana libertad: pierde orientación, y acaba sintiéndose y estando más perdido que libre.

Lo que no se está haciendo es fundamental, aunque invisible:

  1. No se sostiene la asimetría generacional. El adulto ya no es quien decide por su posición; renuncia a la jerarquía simbólica que permite al niño estar en otro lugar que no sea el del mando o el del consumo.
  2. No se introduce la ley del lenguaje y del símbolo. Se habla de emociones, sentimientos y validación, pero poco de palabra que nombre el acto, ponga la regla y abra una vía de reparación.
  3. No se sostiene el límite que no coincide con la humillación. Frustrar no se vive como educativo, se vive como agresión: por ello el límite tiende a desaparecer o volverse endeble, condicional.
  4. No se mantiene la propia vida deseante del adulto. El tiempo del adulto como sujeto se confunde con la disponibilidad constante hacia el hijo, lo que borra el resto que el niño necesita para estar en relación, no en fusión.
  5. No se trabaja la transmisión simbólica. Los padres olvidan que su función no es solo amor, sino también separación, distinción, deseo y palabra que estructura.

El efecto es que el estilo de crianza, aunque bienintencionado, termina generando una situación en la que el niño se convierte en un micro-monarca de la casa, en un sujeto que demanda sin límite, y donde la frontera entre niño y adulto, niño y norma, niño y deseo, se difumina. Y cuando esa frontera se difumina, lo que emerge es la tensión, la ansiedad, la agresión, la escalada del síntoma.

¿Qué consecuencias tiene en los hijos e hijas en las distintas etapas del desarrollo?

Primera infancia (1–3 años)

En los primeros años, el niño corre el riesgo de que su cuerpo se convierta en el escenario donde se manifiesta la falta simbólica no sostenida. Actos como morder, empujar o estallar en rabietas intensas no deberían entenderse únicamente como una “fase” o una forma de exploración, sino como intentos de decir con el cuerpo lo que la palabra —o la función adulta— aún no han instituido. El niño está contenido, pero no enmarcado; es amado, pero sin frontera; libre, pero sin límite. La dificultad para tolerar la mínima frustración, la descarga corporal, el insomnio o la demanda insaciable se vuelven así signos tempranos de esa ausencia de marco.

Edad preescolar (3–6 años)

Cuando el niño accede al lenguaje, muchas veces el vacío simbólico se traduce en intensificación de las pruebas al adulto: “¿Hasta dónde puedo ir? ¿Cuál es mi lugar? ¿Qué pasa si decido yo?”. La negociación constante agota al niño (no sólo al padre o madre) que, en el fondo, lleva la carga de decidir lo que no es capaz decidir. Aparecen actos de desafío, retos, “me enfado mucho porque me siento confundido”, conductas que pueden devenir agresiones hacia figuras de apego (aunque no hacia extraños), en tanto que el niño busca reinstaurar una asimetría que falta.

Edad escolar (6–12 años)

Se intensifican las consecuencias: dificultades escolares, problemas de atención, insatisfacción, somatización (dolores, quejas, adaptaciones “mal interpretadas” como cansancio crónico), impulsividad, retos frecuentes a normas. Algunos estudios indican que la violencia filio-parental comienza a manifestarse en esta etapa como escalada de rebeldía y alguna agresión hacia figuras de autoridad interna (padres) y externa (profesores). En España, los informes señalan que este fenómeno ya supone una proporción significativa de los expedientes abiertos a menores: un 17,8 % del total de expedientes abiertos a menores corresponde a violencia filio-parental. Fundación Amigó+3Infocop+3Infocop+3

Adolescencia (12–18 años)

La adolescencia se vuelve campo de batalla cuando no se ha instituido la función de límite, la palabra que nombra la falta y la diferencia. El joven puede presentarse como “el que manda” en casa, puede entrar en dinámicas de consumo, de riesgo, de violencia hacia los padres, de exigencia infinita. Los informes recientes destacan que en España se incoaron 4.332 procedimientos en 2022 por violencia filio-parental, y se han incrementado a 4.416 en 2023. Fundación Amigó+2Fundación Amigó+2 Esto indica que la agresión ascendente no es marginal, sino clínicamente y socialmente relevante.

Adultez temprana (18–25 años)

Este tramo muchas veces queda olvidado: jóvenes que no se emancipan, que prolongan una dependencia afectiva y económica, que tienen dificultad para estructurar su deseo autónomo, que se adhieren a relaciones de pareja para “llenar” la falta que nunca les fue señalada. Son sujetos que pueden presentar fragilidad narcisista, dificultades de establecimiento identitario, repetición de vinculación simbólica dependiente, y que en muchos casos tienen relación conflictiva, ambivalente o distante con los padres. Cuando la infancia no ha tenido marco simbólico, la adultez temprana puede convertirse en el escenario de una dependencia crónica o en la emergencia de síntomas resistentes.

¿Hasta dónde puede llegar la gravedad de la situación?

La gravedad no se limita al malestar pasajero. Las posibles trayectorias incluyen:

  • Escalada de violencia filio-parental: actos agresivos repetidos, amenazas, empujones, roturas, incluso denuncias formales o internamientos.

  • Saturación del vínculo parental: se pierde la convivencia, se genera miedo, se busca distancia o ruptura, se abre la vía judicial.

  • Desgaste psíquico de los padres: depresión, ansiedad, sensación de fracaso, culpa constante, pérdida del deseo de pareja, retraimiento social.

  • Disolución de la pareja parental: cuando la alianza se centra solo en el niño, se desvanece el deseo de los padres y la pareja colapsa, abriendo camino a la separación o al divorcio.

  • Prolongación de la patología en el joven/adulto: cuando no se interviene, el joven puede derivar en adicciones, en problemas laborales, en vinculación disfuncional; puede implicar la intervención de servicios sociales, medidas judiciales, privación de libertad.

  • Efectos sociales: sujetos sin brújula simbólica, sin capacidad de tolerar la falta, sin capacidad de desear más allá del consumo inmediato.

Consecuencias para los padres — individual, pareja, vínculo e impacto social

A nivel individual

Los padres se encuentran muchas veces agotados por la exigencia de disponibilidad constante: no hay descanso, no hay deseo fuera del hijo, no hay proyecto personal. Surge la culpa permanente (“si mi hijo está mal, es culpa mía”), la sensación de incompetencia basada en que ningún trato “respetuoso” parece funcionar, y la pérdida de identidad: “sólo soy padre/madre, y no sé quién más soy”.

A nivel de pareja

La pareja –cuando existe– se convierte en equipo técnico de crianza, deja de ser alianza conyugal. El deseo desaparece, la conversación entre adultos se reduce a la logística del hijo. Las discrepancias sobre límites y normas se vuelven campo de batalla. Con frecuencia, uno de los miembros delega más o “cede” más para evitar conflicto, lo que incrementa la carga. La consecuencia es el desgaste de la relación, la pérdida de intimidad y, en muchos casos, la separación o divorcio cuando el “proyecto hijo” colapsa.

A nivel de vínculo con los hijos

Cuando los padres no ejercen la función simbólica de límite, palabra y resto, el vínculo se vuelve ambiguo: mezcla de amor y tensión, disponibilidad infinita y agotamiento, negociación constante y resentimiento oculto. Los padres pueden sentirse utilizados por los hijos, manipulados, dominados. La ambivalencia se instala: amor profundo + resentimiento silencioso. Este vínculo disfuncional genera en los padres una sensación de impotencia y hostilidad encubierta.

A nivel relacional y social

Muchas veces estos padres se aíslan de su red de apoyo. Se sienten juzgados por otros modelos educativos, evitan hablar de sus conflictos por vergüenza o culpa. Su vida social se reduce al ámbito del hijo y la pareja. Pierden parte de su mundo exterior, lo que agrava el agotamiento. Socialmente, se asiste a un aumento del número de familias que solicitan ayuda profesional, que viven tensión en su entorno escolar, que participan en programas de intervención. Es un impacto colectivo que, aunque individualizado, abre preguntas sobre la transmisión generacional y la salud simbólica social.

¿Qué conviene reconocer?

  • Reconocer que frustrar no es dañar: la tolerancia a la castración, a no tenerlo todo, es constitutiva de la subjetividad humana.

  • Entender que autoridad no es autoritarismo, si la autoridad se ejerce desde la responsabilidad simbólica y no desde la imposición arbitraria.

  • Admitir que los padres deben ser sujetos deseantes, con vida propia, para que el niño pueda situarse en su deseo, no en su demanda ilimitada.

  • Ver que muchas veces los problemas del niño no son solo del niño: son síntomas de una organización familiar que ha perdido su eje simbólico.

  • No ignorar la dimensión inconsciente de la parentalidad: la renuncia al límite puede obedecer al temor de los padres a repetir su propia historia de autoridad sufrida, a sentir culpa, a confrontar su propia angustia. Esa renuncia, lejos de aliviar, reproduce el malestar en la infancia.

  • Reconocer que esta crisis no es solamente privada, sino social y generacional: el debilitamiento de la diferencia generacional impacta sobre la transmisión cultural, sobre la capacidad de desear, de soportar falta, de instituir proyecto y de vivir el vínculo sin fusión.

¿Qué conviene hacer? — intervenciones prácticas

A nivel individual (padres)

  • Reservar espacios regulares de vida personal (hobbies, profesión, amigos) que recuerden al hijo que los padres no son solo función.

  • Revisar creencias: “si le frustro, le hago daño” puede revisarse como “si no lo frustro, lo abandono simbólicamente”.

  • Acudir a terapia individual para explorar su historia personal de autoridad, su miedo al límite, su relación con la frustración.

Con el hijo

  • Nombrar la conducta —“veo que estás enfadado, lo entiendo, pero no se muerde”— puede servir como primer gesto de puesta en palabra, pero a veces no basta. Cuando la palabra no alcanza, el adulto ha de ir más allá de la mera traducción emocional: no se trata de explicar el acto, sino de encarnar una frontera. El niño no necesita que se le interprete siempre su gesto, sino que encuentre frente a él un otro que no ceda, un cuerpo que sostenga el límite sin justificación, que le devuelva con su presencia que no todo es posible.

  • Establecer límites firmes, claros y compartidos entre los progenitores: coherencia entre adultos.

  • Usar la palabra para acompañar la afectividad: “Te quiero mucho, pero esto no te lo permito”.

  • Introducir reparaciones: cuando la norma se ha roto, el niño puede reparar sin humillación; se posibilita la restitución simbólica.

  • Favorecer el lenguaje y la simbolización: el niño debe poder decir lo que siente antes de convertirlo en acto. Cuando el acto lo ha hecho, debe poder ser narrado, analizado, y no solo sancionado. (Todo esto adaptado a la edad y las capacidades).

A nivel de pareja

  • Mantener rutinas de pareja sin hijos, aunque sean breves y regulares, para sostener la alianza deseante.

  • Acordar juntos las normas de crianza y apoyarse mutuamente; evitar que uno solo gestione el rol disciplinario.

  • Conversar sobre la propia historia de crianza, reconocer lo que se repite o lo que se evita, permite impedir que el pasado se reinstale —ya sea por repetición directa o por su reverso— y vuelva a actuar en el presente de la relación con los hijos.

A nivel familiar y red de apoyo

  • No aislarse: buscar grupos de crianza, círculos de padres, formaciones que ofrezcan posición simbólica más allá del consumo de información.

  • Coordinarse con la escuela o con los profesionales de atención para que haya coherencia entre hogar y mundo social.

  • Ante síntomas persistentes, no esperar milagros: acudir a servicios de infancia, programas específicos de violencia filio-parental, intervención terapéutica.

¿Dónde acudir?, o ¿a quién acudir?

  • Pediatra o atención primaria: para descartar causas médicas y orientar la remisión.

  • Salud mental infantil / servicios de psiquiatría infantojuvenil: cuando hay conductas agresivas sostenidas, amenazas, violencia hacia los progenitores, o riesgo para la convivencia.

  • Psicoterapia infantil con orientación relacional o psicoanalítica: para abordar la simbolización, el vínculo, la trama subjetiva del niño.

  • Terapia de pareja/familiar: cuando la dificultad está anclada en la alianza de los progenitores o en la estructura del vínculo familiar.

  • Programas de parentalidad y grupos de apoyo: que ofrecen formación en límites, autoridad simbólica, diferenciación generacional.

  • Servicios sociales y judiciales: en casos de violencia filio-parental grave, denuncias, medidas de protección.

Dimensión social y política de la crisis parental

El problema no es únicamente privado o familiar; se trata de una dislocación simbólica de la sociedad contemporánea. Cuando la función generacional se debilita, lo que se debilita es la transmisión cultural: saberes, tradición, filiación, límite y ley. Una sociedad donde los niños no toleran la frustración, donde los adultos renuncian a su diferencia y donde la autoridad se considera automáticamente abuso, está en riesgo de construir sujetos que en los hechos sólo conocen y funcionan bajo la lógica del consumo, del placer inmediato y de la gratificación sin demora. El sujeto así formado tiene menos capacidad de desear, de resistir, de soportar la falta, de entrar en la cultura del esfuerzo, del proyecto, de la palabra compartida.

Políticamente, esta tendencia se acompaña de un debilitamiento del vínculo social generacional: el viejo modelo de progenitor que preparaba al hijo para la autonomía deja paso a un padre/madre facilitador que mantiene al hijo en dependencia prolongada. Esto genera repercusiones en el mercado laboral, en la economía del cuidado, en la educación, en la salud mental pública y en la dinámica demográfica. Los jóvenes que no se emancipan, que no sostienen límite, que no asumen proyecto, contribuyen a un retorno de lo precario, de relaciones hiperdependientes, y de un tejido social sin nervio simbólico.

Si la familia no asume la función simbólica de acoger corresponsablemente la falta, el deseo y la norma, la sociedad se encuentra ante una generación que ha aprendido a “tener” sin aprender a “ser” realmente, que demanda sin aprender a desear, que protesta sin aprender a aportar. Esa tendencia, lejos de ser anecdótica, plantea un desafío cultural profundo al sujeto contemporáneo, a su capacidad de constituirse como agente ético y simbólico, no solo como consumidor o receptor de bienestar.

Comparte este artículo:

Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

Últimos artículos del Blog

Últimas reseñas

También te puede interesar:

El deseo del Otro y la consistencia del lazo

El deseo del Otro y la consistencia del lazo

En la consulta escucho con frecuencia el sufrimiento que producen los celos, las traiciones, las decepciones y los desencuentros en la vida amorosa. Mucho menos habitual es que se piense con rigor en aquellas experiencias donde el deseo compartido no fractura el...

0 comentarios

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

He leído y Acepto la Política de Privacidad

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies