En los últimos años se ha extendido un discurso muy presente en la divulgación sexológica contemporánea —especialmente desde posiciones feministas— que intenta explicar las dificultades actuales en torno al deseo sexual a partir de la educación diferencial que han recibido hombres y mujeres. Un discurso que, en términos generales, sostiene que a ellos se les enseñó que el sexo era un territorio propio, legítimo y necesario para afirmarse como hombres, mientras que a ellas se les transmitió que el sexo era un espacio peligroso, vigilado y potencialmente desvalorizante.
Esta lectura tiene aciertos importantes. Nombra desigualdades reales, condiciones históricas concretas y mandatos de género que han marcado profundamente la relación con el cuerpo, el placer y la intimidad. Sin embargo, cuando este marco se utiliza como explicación casi total del deseo —y, sobre todo, de su ausencia— empiezan a aparecer límites teóricos y riesgos clínicos que conviene señalar.
Lo que aquí desarrollo y propongo es una lectura integrada: reconocer el valor de estos aportes sin convertirlos en una explicación cerrada del deseo humano. Porque el deseo no se deja reducir ni al permiso social ni a la buena conciencia individual.
La educación sexual como marco, no como destino
Es innegable que muchos hombres crecieron con la idea de que el sexo era una prueba de virilidad. Desear, demostrar deseo y ejercerlo pronto y con frecuencia formaba parte de un ideal de masculinidad. Al mismo tiempo, el acceso al mundo emocional era limitado: mostrar fragilidad, miedo o dependencia no estaba bien visto. En ese contexto, el sexo —junto con el deporte u otras actividades corporales— funcionó a menudo como una de las pocas vías aceptadas de descarga y regulación emocional.
Muchas mujeres, por el contrario, crecieron con mensajes radicalmente distintos. El sexo no aparecía como un espacio que les perteneciera, sino como un territorio ajeno, lleno de riesgos simbólicos y reales: el juicio social, la reputación, el peligro físico, la culpa. El mandato no era desear, sino cuidarse. No explorar, sino protegerse.
Este doble estándar tuvo consecuencias claras. Para muchas mujeres, el sexo quedó asociado a la tensión, la vigilancia y la responsabilidad, más que a la seguridad o al disfrute. A la vez, sí se les permitió —aunque no siempre se les reconoció— ocupar el espacio emocional: hablar, sentir, vincularse, cuidar, reflexionar, ir a terapia, compartir con amigas.
Desde este punto de vista, se entiende que hoy, de manera general, muchos hombres parezcan conectar más fácilmente con el deseo sexual y muchas mujeres se desconecten de él con mayor facilidad. También se entiende que, en la vida en pareja, las prioridades no siempre coincidan: el cuidado del vínculo, la estabilidad o la familia pueden ocupar lugares distintos que el erotismo.
Hasta aquí, el diagnóstico es pertinente. El problema surge cuando este marco se toma como explicación suficiente.
Permiso social no es lo mismo que acceso al deseo
Uno de los principales errores conceptuales aparece cuando se equipara el permiso social para el sexo con una mayor conexión con el deseo. Tener permitido —o incluso exigido— desear no garantiza en absoluto saber qué se desea.
En la práctica clínica se observa con frecuencia que muchos hombres:
- Mantienen actividad sexual sin verdadero deseo.
- Confunden deseo con excitación, descarga o necesidad de confirmación.
- Viven el sexo como una obligación identitaria más que como una experiencia subjetiva.
El mandato de “tener que desear” puede ser tan alienante como la prohibición. Cuando el deseo está prescrito, deja de ser una pregunta y se convierte en una exigencia. En esos casos, el sexo puede funcionar como anestesia, como demostración o como evitación emocional, sin que haya un verdadero encuentro con uno mismo ni con el otro.
Por tanto, más permiso no implica necesariamente más deseo. A veces implica menos espacio para interrogarlo.
La trampa de la regulación emocional permanente
El discurso que subraya que las mujeres desarrollaron más herramientas de regulación emocional también necesita matices. No toda regulación es saludable. En muchas trayectorias vitales encontramos una regulación excesiva, sostenida a costa del propio deseo.
Muchas mujeres llegan a consulta agotadas de:
- Sostener emocionalmente a los demás.
- Anticipar necesidades ajenas.
- Cuidar el clima relacional.
- Reflexionar constantemente sobre sí mismas.
Este exceso de trabajo psíquico no suele favorecer el deseo sexual. El deseo necesita cierta disponibilidad, una relación más libre con el propio cuerpo y con el tiempo. Difícilmente aparece allí donde una persona está siempre ocupada en sostener, cuidar o responder a expectativas.
En este punto, el problema no es la falta de conciencia, sino el exceso de responsabilidad.
El riesgo de privatizar el malestar sexual
Muchos discursos actuales concluyen afirmando que la satisfacción sexual es, ante todo, una responsabilidad individual. Y aunque esta afirmación contiene una parte de verdad —nadie puede desear por otro—, resulta clínicamente peligrosa cuando se la toma de forma aislada.
El deseo sexual, especialmente en pareja, no es solo un asunto interno. Se produce en una escena compartida. Se ve afectado por:
- La posición que cada uno ocupa en la relación.
- La forma en que el otro desea, demanda o espera.
- La repetición de dinámicas donde uno deja de sentirse sujeto para sentirse función.
Cuando se insiste únicamente en la responsabilidad individual, el malestar tiende a recaer sobre quien “no tiene ganas”. Aparecen entonces la culpa, la autoexigencia y la sensación de fallo personal: “me pasa algo a mí”.
Sin embargo, en muchos casos el deseo no se apaga por falta de trabajo personal, sino por la forma en que el vínculo ha ido organizándose.
Generalización, jerarquías y nuevos ideales
Otro límite de ciertos discursos sexológicos es la tendencia a hablar de “ellos” y “nosotras” como bloques homogéneos. Esta generalización puede ser útil a nivel político o pedagógico, pero empobrece la comprensión clínica.
El deseo no se organiza solo por género. Se estructura a partir de historias singulares, vínculos tempranos, experiencias corporales, escenas de intimidad, pérdidas y desencuentros.
Además, a veces se introduce de forma implícita una jerarquía moral: el deseo masculino aparece como simple o poco elaborado; el femenino como más complejo y trabajado. Pero el deseo no es más valioso por ser más reflexivo ni más auténtico por ser más problemático. El deseo, en cualquier caso, es siempre incompleto, incómodo y parcialmente opaco.
Finalmente, el ideal de autosuficiencia sexual puede convertirse en un nuevo mandato: no solo hay que desear, sino hacerlo bien, conscientemente, responsablemente y sin generar conflicto. Este ideal olvida que el deseo no se programa ni se garantiza. Necesita falta, distancia, alteridad e incertidumbre.
Una posición integradora
Reconocer el peso de la educación de género es necesario. Permite entender de dónde venimos y por qué ciertas dificultades son hoy tan frecuentes. Pero no basta para explicar el deseo ni su ausencia en una persona concreta o en una pareja concreta.
Para orientar de forma responsable el sufrimiento sexual contemporáneo es necesario introducir:
- La singularidad de cada historia.
- La dimensión relacional del deseo.
- El lugar del cuerpo más allá del discurso.
- Y la posibilidad de que el deseo no siempre sea justo, simétrico ni tranquilizador.
El deseo no se resuelve solo con permiso social ni con buena voluntad individual. Se juega en un equilibrio frágil entre lo que uno es, lo que el otro representa y la escena que ambos construyen.
Comprender esto no ofrece recetas rápidas, pero sí algo más valioso: una mirada menos culpabilizadora, más compleja y, sobre todo, más humana sobre el deseo sexual.









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