¿Cómo acompañar a unos hijos que nos superan?
octubre 20, 2025
¿Cómo acompañar a unos hijos que nos superan?

No existen recetas para educar. Todos lo sabemos. Sin embargo, también sabemos que tenemos una gran responsabilidad: la de orientar a nuestros hijos en su crecimiento, ayudarlos a encontrarse consigo mismos, sin sustituirlos ni anularlos.

Educar hoy es especialmente complejo. Vivimos en una época marcada por la incertidumbre, donde las antiguas referencias de autoridad se han diluido. La autoridad parental —a diferencia de otros tiempos— ya no viene dada, sino que hay que ganársela cada día. Y esto no se logra imponiendo, sino encarnando una presencia confiable, firme y disponible.

Los niños y adolescentes de hoy, paradójicamente, reclaman certezas en un mundo que ya no las ofrece. Buscan un orden posible, un punto de apoyo en el adulto. Por eso, el reto consiste en ser cercanos sin perder la función de límite, en ser referentes sin caer en la complicidad ni en la indiferencia.

Educar, en este contexto, no es simplemente transmitir normas, sino construir un marco simbólico en el que cada niño pueda situarse, comprender lo que le pasa y descubrir qué puede hacer con ello. La familia, igual que la escuela, es ese primer espacio donde se ensaya la vida social: donde se aprende que hay otros, que no todo deseo puede cumplirse, que las palabras tienen valor y que los actos tienen consecuencias.

Tareas del adulto educador

Conviene detenerse, de tanto en tanto, y preguntarse:

  • ¿Qué esperamos realmente de nuestros hijos?
    A veces les exigimos ser lo que nosotros no logramos ser, o los idealizamos como si fueran la prolongación de nuestras propias carencias.
  • ¿Qué valores queremos transmitir?
    No se trata de imponer ideales, sino de mostrar —con los actos— lo que consideramos valioso: el respeto, la responsabilidad, la palabra dada, el cuidado de uno mismo y de los otros.
  • ¿Qué nivel de protección ofrecemos?
    Proteger no significa anticiparse a todo peligro ni evitar toda frustración. Un exceso de protección atrofia el deseo y produce hijos “bulímicos”, necesitados de más y más atención, incapaces de sostener su propia falta.
  • ¿Qué proceso vital están atravesando?
    En la infancia necesitan sostén y confianza. En la adolescencia, distancia y reconocimiento.
    Cada etapa implica un duelo simbólico: el duelo por el cuerpo infantil, por la dependencia, por la fusión con los padres. Acompañar ese duelo sin invadirlo ni dramatizarlo es una de las tareas más difíciles del amor.

Poner límites: un acto de amor

Poner límites no es castigar. Es dar forma, sostener el marco, señalar el borde que protege, que delimita y orienta.
Un límite transmite que el mundo no está hecho a medida de nuestro capricho y que el deseo encuentra sentido solo cuando tropieza con lo real.

Los límites generan frustración, sí, pero también dan seguridad. Permiten a los hijos distinguir entre lo posible y lo imposible, entre el “yo quiero” y el “aún no”.

Al establecer límites, conviene recordar:

  • Ser claros, concisos y breves.
  • Ajustarlos a la edad y al momento vital.
  • Formularlos sin ambigüedades ni amenazas vacías.
  • Mantener coherencia entre los progenitores.
  • No cambiarlos cada semana: un límite que se modifica sin sentido pierde valor simbólico.
  • Cumplir las consecuencias, siempre con sentido educativo y sin venganza.

Los niños necesitan confrontar los límites para verificar la consistencia del adulto. Su desafío no es un ataque, sino una búsqueda de consistencia y de verdad. Lo peor que puede ocurrir no es que se enfrenten a nosotros, sino que dejen de hacerlo porque ya no esperan nada.

Cuando la paciencia se agota

Si repetimos una misma instrucción una y otra vez, si sentimos que todo se convierte en lucha, si terminamos gritando, conviene parar.
Eso indica que el conflicto ha dejado de ser educativo para volverse un circuito de impotencia. En esos momentos hay que replantearse qué batallas vale la pena librar y cuáles no.

Pretender hacerlo todo bien, todo el tiempo, solo genera culpa y desgaste. Nuestros hijos, con su conducta, no buscan destruirnos, sino probar nuestra solidez. Están pidiendo referentes, no perfección. Piden adultos capaces de sostener el vínculo incluso cuando se sienten desbordados.

Algunas orientaciones prácticas

  • Cultivar la conversación: hablar sin interrogar, escuchar sin juzgar.
  • Dedicar tiempo compartido: leer juntos, cocinar, pasear, jugar.
  • Dar ejemplo de respeto: se aprende más de lo que se ve que de lo que se dice.
  • Transmitir afecto: abrazos, caricias, palabras amables. La ternura educa tanto como el límite.
  • Reconocer lo positivo y tolerar cierto grado de negativismo: un “no” también puede ser un signo de autonomía.
  • Escuchar activamente: escuchar de verdad, sin interrumpir, sin diagnosticar antes de tiempo. Escuchar es, quizás, la forma más profunda de educar.

Y no olvidarnos de nosotros

Educar no puede hacerse desde la renuncia total de uno mismo. Un padre o una madre sin vida propia acaba transmitiendo un modelo empobrecido.
Por eso, cuidar el propio deseo, el propio proyecto vital, no es egoísmo, sino una forma de amor.
Un niño que ve a su madre o a su padre realizando algo que les apasiona, entiende —sin que nadie se lo explique— que la vida merece ser vivida, que crecer puede ser también una aventura.

En resumen:

Educar no es dominar, ni salvar, ni perfeccionar.
Educar es acompañar en la diferencia, sostener la palabra y el límite, ofrecer presencia y escucha, y seguir deseando —como adultos— para que los hijos puedan aprender a hacerlo también.

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Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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