Vergüenza, pudor, prudencia y arrepentimiento
febrero 18, 2020
Vergüenza, pudor, prudencia y arrepentimiento

Fue en el Poble Espanyol de Barcelona, en julio de 2011. Rubén Blades y Chucho Valdés interpretaron, en un concierto magistral, un repertorio generoso compuesto por nuevas y clásicas canciones como «Pedro Navaja», «Buscando guayaba», «Decisiones», «Plástico» y «Ligia Elena».

Había oscurecido ya, y el público empezaba a sudar de tanto bailar. Rubén Blades, como suele ser habitual en él, interactuaba con la gente entre canciones con gestos, risas y conversaciones breves… Hasta el momento nada destacable. Pero he aquí que súbitamente, el cantante, con serenidad y calidez, se irguió bien tieso y sin dejar de sonreír afectuosamente a alguien exclamó: «¡Ah, se sonrojó! ¡Ay, no se preocupe!, eso es bueno. Tiene vergüenza1 Sentimos vergüenza cuando el Otro está presente y nos sorprende en una satisfacción íntima que, según la moral que tengamos interiorizada, puede de ser censurable.. ¡Consérvela! ¡Ojalá, más gente la tuviera! En este mundo el pudor es cada vez más escaso …Consérvela, ¿sí?, hágame el favor.» Ese suceso, ese acto, ha quedado en mi memoria como una parte importante de esa noche, y no supe hasta hace poco el porqué. ¡¡¡2011!!!

2019: desfachatez, desvergüenza y cinismo por doquier. ¿Qué diría hoy Rubén? Obviamente, cuando él dijo lo que dijo no lo hizo con ninguna intención moralista, ni en sentido pacato o mojigato, sino más bien psicológico, sociológico e incluso político. Y es que, aunque parezca que «el poeta de la salsa» hacía de la vergüenza y el pudor sinónimos, en su señalamiento, más allá del bonito gesto, hay una verdad psicológica que necesitamos rescatar hoy.

Empecemos por tener en cuenta cómo define el diccionario esas dos palabras:

  • Vergüenza: Turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.
  • Pudor: Honestidad, modestia, recato (cautela, reserva).

Por tanto, esos dos significantes no deben utilizarse como sinónimos pues, como podemos ver, la vergüenza es un afecto, mientras que el pudor una cualidad. Tal es así, que la primera puede sólo surgir a condición de la existencia en nosotros del segundo.

Bien, sí, pero entonces… ¿Cómo es eso? ¿Cuál es su origen? ¿Para qué sirven?
¿El pudor y la vergüenza son siempre inconvenientes y censurables, o depende?

El pudor es una cualidad, como acabamos de resaltar, pero no innata ni natural, sino condición secundaria a la constitución de una subjetividad en un/a infante durante su desarrollo. Condición de posibilidad en un individuo resultante de la toma de conciencia (la inscripción psíquica) de que existe alguien más, a quien llamaremos Otro, que no es Un@ mism@ (es decir, que la mamá, u Otro cuidador, y el bebé son seres diferenciados), y que este Otro no sólo no me desea o se interesa exclusivamente por mí (es decir, que el bebé no es el centro de la vida de la mamá), sino que incluso no anhela mi mismo objeto de deseo, porque también me hace evidente que quiere a otra u otras personas, aficiones, intereses, ideales. Y como última vuelta de tuerca: uno descubre que en este Otro su deseo/interés puede fluctuar y variar, es decir, que tiene (culturalmente condicionado) un juicio de valor constante sobre cualquier cosa, incluido yo y mis objetos de deseo.

Así el pudor es la cualidad de tener la cautela y reservas necesarias para con nosotros en función de un hecho constatado, y es que más allá de nuestra intimidad y de nuestro conocimiento de la realidad, hay un afuera y una realidad “Otra”, externa, incluso extraña: el espacio común, lo público, con algunas reglas conocidas y predecibles, y otras no tanto, incluso sin sentido.

El pudor es como la puerta de la casa. Ha de existir. Mejor si existe. Y a raíz de que nuestro hogar tiene puerta, uno antes de abrirla y salir procura tener en cuenta primero si hay alguien afuera, quién es, o qué tiempo hace, ¿hay sol, lluvia, graniza? Un@ no deja entrar a cualquiera, ni la deja abierta siempre indiscriminadamente en cualquier momento o en cualquier lugar. ¿No es cierto?

Así, si perdemos o no hacemos caso a nuestro sentido del pudor, se desarticula y desregula la constitución psíquica de nuestro ser social. Es decir, nos deshumanizamos, puesto que no hay civilización sin pudor, como no hay población sin casas.
Actuamos, por tanto, como sujetos humanizados cuando distinguimos la realidad psíquica íntima de la exterioridad, y consecuentemente nos enmascaramos, nos velamos, nos ocultamos, incluso fingimos o nos retiramos oportunamente. Aprendemos desde la infancia a ser cautelosos y reservados cuando conviene, con quien conviene. Nos contenemos ante los que no forman parte de nuestra esfera íntima, o cuando no estamos en un espacio de confianza, de familiaridad. Somos humanos también cuando sabemos que nuestras verdades y nuestra profundidad, y las de los demás, se encuentran infinitamente veladas, y que requieren del despliegue paciente y meticuloso, de la interpretación, la suposición, o el desvelamiento.

Esos son los indicadores de que hay un sujeto en un ser. De que hay alguien. Alguien a quien le importa uno mismo, como individuo, como sujeto. Los animales no tienen deseo, no tienen subjetividad, no ocultan nada de sí mismos porque no tienen intimidad, no hay pudor ni mucho menos, vergüenza.

Así, no puede haber vergüenza sin pudor, pues la vergüenza es un sentimiento relacionado con la culpa y con la inclusión de la mirada de un Otro constituido y diferenciado. No puede haber vergüenza si el Otro no ha dado muestras de que le falta algo, anhela algo o a alguien, haciendo posible la diferenciación psíquica entre el bebé y su mamá permaneciendo éstos en estado simbiótico (simbólicamente hablando); como bien se puede comprobar en las psicosis, sobretodo en la melancolía y en la paranoia, donde la vergüenza no tiene capacidad de afectar al sujeto.

Actuar de manera impúdica es entonces una pseudolocura. Una locura, más o menos acentuada, buscada a conveniencia por intereses narcisistas y neuróticos, o sólo padecida a raíz de una falla en el proceso de construcción subjetiva y social de alguien.
La impudicia no es, por tanto, estructuralmente algo que tenga que ver, sí o sí, con cierta moral, o con el sexo, la sexualidad, la exhibición de los órganos genitales o el cuerpo erotizado.

Lo impúdico viene dado cuando nuestro negocio es expulsar indiscriminada e insensatamente a lo público, a la masa indiferenciada, a la muchedumbre, tanto nuestro sexo, nuestro cuerpo, como nuestros sentimientos o pensamientos. Lo impúdico se da cuando, por ejemplo, encontramos cuerpos que nadie pide ver pero que son exhibidos fuera del contexto adecuado (como, a veces, en las redes sociales), cuando encontramos emociones pueriles que no se saben contener (como sucede en los “reality show”), o ideas o creencias que se venden y ofrecen al morbo (como en ciertas tertulias de radio o televisión).

Obviamente, sabemos que ciertos tipos de educación exageran en su delimitación de lo que pertenece a la esfera de lo íntimo, de lo privado. Lo exageran hasta el hastío, la infelicidad e incluso lo patológico. Pero la intimidad y la exterioridad subjetivas, como hemos visto, existen y son necesarias, y han de ser posibles de una manera sana, suficientemente desacomplejada y desinhibida. Ahora bien, lo privado tiene sus tiempos, sus lugares y sus compañías (que a veces pueden ser numerosas). Todo depende de lo que para cada quién pertenezca a ese ámbito en un momento cultural determinado.

Hemos dicho que lo impúdico se da cuando nuestro negocio es dar indiscriminadamente a ver a lo público2 Esfera social y significante simbólico reciente, ya que intimidad, pudor y privacidad están hoy en día relacionadas; mas no son igual de esenciales, pues la privacidad es una noción (una construcción) que se afianza sólo a lo largo del siglo XIX en el contexto de una cultura burguesa que tiene a la vida privada y al yo como sus referencias civilizatorias3 Ariès, Ph. (2017). Historia de la vida privada. Taurus Ediciones.. Y es por esto por lo que hay quien lucha por hacer entender acertadamente que todo lo privado es político, público, por tanto. Pero hemos de ir con cuidado, pues queriendo superar algo cultural contemporáneo en pos de una mejora de la sociedad, a veces se atacan errónea y peligrosamente elementos constitutivos imprescindibles del psiquismo humano: ¡intimidad no es privacidad! El movimiento capitalista, que vende un supuesto bien mayor e igual para todos, obvia irresponsablemente esto, y ciertas izquierdas queriendo arrasar con lo privado dañan insensata y severamente lo íntimo.

Haya mucha precipitación hoy en día. Falta prudencia. Pero de todo esto, y de su relación con el arrepentimiento, hablaremos otro día. Bien merece el esfuerzo.

Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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