#Fake You
febrero 27, 2020
#Fake You

“Lo que se necesita para luchar contra las fake news es más y mejor democracia y menos tecnofobia y criminalización de las libertades; más rendición de cuentas y verificación y menos impunidad, paternalismo desinformado y monopolio de los medios y los recursos informativos.”

#Fake You es el resultado de un proyecto dirigido por Simona Levi, activista, artista y docente de la UPF, que ha contado con la colaboración de Xnet, Robert Guixaró, Max Carbonell, Gemma Palau, Elizabeth Bodi, Gemma García, Guillem Martínez, Lorin Decarli, Tatiana Bazzichelli, Emanuele Cozzo, Luce Prignano y Mariluz Congosto.

Este libro, de 2019, se plantea como una herramienta de defensa contra los recortes de las libertades fundamentales, y como un arma contra las nuevas formas de manipulación, mentira y falsificación, que se dan principalmente mediante las actuales herramientas tecnológico-cibernéticas con el objetivo de engrosar el capital de unos pocos, y de aumentar la regulación y el control sociopolítico de sus asociados.

Como vemos, el afán por tener más y mejor, hace que algunos (muchos, la verdad) sigan las vías de siempre. Pero a ello, además, se ha añadido desde hace un tiempo, a nivel global, el uso y abuso sin regulación ni sanción alguna de las tres fases clásicas del control de masas: dividir, aislar y manipular.

Como bien se sabe, si alguien quiere cambiar a su favor la situación económica y política que le rodea, tiene que cambiar principalmente la cultura imperante, de ahí la importancia para algunos de librar guerras de civilizaciones y culturales. Steve Bannon, ejecutivo de medios, exbanquero, político y exestratega jefe de Donald Trump, afirmaba hace tiempo que una guerra cultural se gana fragmentando primero la sociedad en guetos ideológicos y culturales incomunicados que tienen visiones distintas del mundo, para luego reconstruirla según la propia visión y lograr así la interesada hegemonía cultural. Con tal fin, hay que explotar los mecanismos de los filtros burbuja y desplegar una propaganda basada en datos que comunique a cada cual lo que quiere oír.

Así, aquí y allá, por ejemplo, el origen de la actual polarización global en el debate público se atribuye sobre todo, según #Fake You, a los algoritmos de ranking -que ordenan los contenidos en función de su éxito en términos de interacciones y otros criterios- y a la personalización -que adapta la experiencia de navegación del usuari@ en función de su comportamiento pasado, buscando maximizar el engagement, es decir, el tiempo que pasamos de manera activa en una plataforma social en línea-, que bajo el argumento de proporcionar a l@s usuari@s contenidos cada vez más ajustados a sus gustos, termina encerrándol@s en cámaras de eco, l@s arrastran hacia la polarización y, finalmente, permiten la rápida difusión de fake news.

Ahora bien, cuando hablamos de grandes productores de desinformación, no hablamos sólo de los intereses en torno a los partidos políticos o de grandes fortunas que donan indirectamente a tales partidos -pagando masivas campañas de desinformación en prensa tradicional y en internet-, sino que hablamos también de grandes empresas, corporaciones, grandes fortunas e instituciones.

El libro de Simona Levi y colaboradores nos introduce, definiendo y fundamentando, a las nociones de fake news, manipulación informativa y desinformación; contextualiza e historiza la situación de manipulación salvaje del comercio neoliberal y la propaganda política, y ya en el tercer capítulo nos adentra en el corazón mismo de la bestia: El negocio de la desinformación: grandes productores y viralizadores de fake news y desinformación.

Seguidamente l@s autor@s nos dan sus fórmulas y remedios, reflexiones, propuestas más o menos viables para solucionar la situación mediante métodos de verificación, políticas públicas y legislaciones.

De todas maneras, como también se dice en el libro, no parece que podamos encontrar un remedio a este problema pandémico mediante la mera regulación legal, pues simplemente someter a los actores privados y a las autoridades a una restricción específica sería inútil, y tratar de responsabilizarlos no serviría de nada mientras la gente no tome conciencia de lo que está sucediendo. La mayoría de las personas se sienten cómodas con la situación actual -en la que los Big Three (Google, Facebook y Amazon) determinan el nivel de privacidad- y no consideran que la negociación sobre el control de sus datos sea algo relevante. Lamentablemente, solemos ser consumidores felices que queremos que las empresas conozcan nuestras vidas1 Léase en este sentido Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, editorial Trotta..

Consumidores felices y adictos2 Léase al respecto El enemigo conoce el sistema, de Marta Peirano, en Debate., pues como explica Jaron Lanier, analista y pionero del mundo digital, en el desarrollo de las estructuras de las redes sociales privativas se utilizan técnicas conductistas de adicción para favorecer a sus clientes, los cuales no son l@s usuari@s, sino el anunciante que quiere vender o que pretende manipular sus decisiones. Las redes sociales ya no solo publicitan, sino que se han convertido en imperios de la modificación de conducta. El objetivo final de estas plataformas, como mínimo, es incrementar el tiempo de permanencia de l@s usuari@s, lo que se traduce en un mayor consumo de anuncios y una mayor recopilación de datos sobre ell@s. Para conseguirlo, el algoritmo muestra al usuari@ lo que considera más interesante para él o ella, lo que l@ reafirma en sus convicciones, lo que va a retenerl@ más tiempo o hacer que vuelva más frecuentemente a la red. Como ya se sabe, y es notorio, gigantes como Facebook y Google, que basan su negocio en lo que ofrecen aparentemente de forma gratuita, obtienen sus beneficios con los datos de sus usuari@s, justamente porque con ell@s crean anuncios personalizados y predictivos.

Así es como funciona el sistema industrial de las plataformas tecnológicas publicitarias actuales. Veamos un ejemplo: cuando un usuari@ descarga una aplicación en su teléfono móvil para que l@ ayude a hacer deporte o a mantenerse saludable, debería saber que lo que está descargando en realidad es el producto de un seguro de salud o de un banco, pensado para recopilar datos de client@s potenciales, crear perfiles y adquirir conocimientos sobre individuos y grupos. Miles de compañías sincronizan e intercambian permanentemente sus datos, los recopilan de muchas maneras y luego dan forma a los mensajes que el usuari@ ve, y de esta forma crean una publicidad o propaganda a medida.

Los interesados en el poder y el lucro utilizan para ello bots, programas informáticos que llevan a cabo tareas automatizadas en redes sociales, sustituyendo e imitando el comportamiento humano. Pueden, por ejemplo, desgastar a quien disiente a través de ataques personales constantes, pues están programados para no descansar nunca; pueden exagerar los temores y la ira de los receptores repitiendo consignas simples y cortas; pueden exagerar la popularidad, descarrilar conversaciones, distraer la atención hacia cuestiones irrelevantes y sin sentido; y pueden difundir noticias verdaderas o falsas en gran cantidad.

Pero, la industria no se basa solamente en el uso de estos programas. También cuenta con gente a sueldo que se encarga de crear, difundir y comentar desinformación. Un joven empresario reconoció a los investigadores del libro que su negocio era, desde hace ya muchos años, las fake news: contaba con cuatro mil blogs falsos con sus respectivos redactores capaces de crear un trending topic o de enterrar una información en 120 minutos, todo ello con el conocimiento y la complicidad del Estado.

Para ilustrarlo un poco, y para que acabemos de tomar conciencia y visualicemos la dimensión del asunto: según algunos cálculos, hasta cuarenta y ocho millones de usuarios activos de Twitter, casi el 15%, son cuentas automatizadas diseñadas para simular ser personas reales; y en noviembre de 2018, Facebook reveló a sus inversores que existen unos sesenta millones de cuentas (falsas) de usuarios automatizadas en la plataforma.

Así que, parafraseando a Morfeo en Matrix: “Este libro es una oportunidad, después de leerlo ya no hay vuelta atrás. Si lo ignoras, la historia termina aquí, te despiertas en tu cama y crees en lo que quieras creer. Si tomas la pastilla roja, te quedas en el país de las maravillas y atisbas hasta dónde llega la madriguera del conejo. Recuerda, todo lo que ofrezco es la verdad, nada más.”

Arnan Castelló

¡Hola! Me llamo Arnan Castelló y soy Psicólogo Sanitario y Psicoanalista, también con formación en psicoterapia clínica y terapia de pareja y familia, especializado en paternidad, maternidad y crianza, sexualidad, adolescencia, drogodependencias y conductas adictivas

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